martes, 14 de marzo de 2017

LA MUJER DEL ANIMAL - ¿USTED QUÉ HACE VIENDO PELÍCULAS DE ESAS?

Por Carlos Alberto Campos

Doce años atrás, Víctor Gaviria presentaba su tercer largometraje avivando esos atributos negativos que, a juicio de “la mayoría”, su obra le había insuflado al cine colombiano. Pasó más de una década desde que Sumas y restas llevó a las pantallas la cotidianidad de los negocios “torcidos” de Medellín de los años 80; luego de que La vendedora de rosas, a mediados de los años 90, nos había mostrado el porvenir de una niñez sin derechos, seguida de su primera aparición en la gran pantalla con Rodrigo D no futuro y los cantos de una juventud condenada a la muerte prematura. Víctor Gaviria reaparece en 2017 con La mujer del animal, una película que al igual que sus predecesoras desafía  la mirada y los comentarios de ajenos y espectadores, obligándonos a mantener la vista frente a una pantalla que -en el  caso de su cine- no fue diseñada para soñar sino para enseñarnos a reflexionar a partir de un mundo que desconocemos, que nos incomoda y que nos negamos a aceptar.

"Amparo"
(imagen tomada de radionica.rocks)
La mujer del animal está basada en hechos reales y concretos, aunque por momentos uno no pueda creer que sea cierta tanta violencia de género y que una mujer no sea capaz de reaccionar y buscar alguna salida para su martirio. La mujer del animal está protagonizada por actores naturales, aunque uno no termina de asombrarse al ver todo el profesionalismo que consigue Gaviria con habitantes de las comunas de Medellín; actores que encarnan a personajes que parecieran haberlos dotado de vida y no al contrario. Es tal la precisión y el desarrollo consecuente de este drama que uno termina apasionándose con la forma de ser de cada uno de sus protagonistas, tanto de héroes como villanos. La mujer del animal no es sólo una película: es un manifiesto descarnado de lo que le puede pasar a una mujer, de cualquier edad o condición social, en un mundo que la impulsa o la obliga a “ser la mujer de alguien”.

Víctor Gaviria
(imagen de Publimetro.co)
Víctor Gaviria regresa a sus espectadores fortaleciendo el compromiso social de su narrativa que, sin lugar a dudas, generará otro avance para el cine colombiano, justo cuando el mundo ha diversificado sus formas de expresión y el boom mediático pareciera haberse fusionado con la participación. Hoy en día muchas personas pueden reclamar, hacer ruido y exigir que se respeten sus derechos incluso de forma viral y tendenciosa. No obstante seguirá existiendo esa gran cara de la sociedad que no conoce ni de derechos, ni de dignidad, ni de medios y que, en consecuencia, a la misma sociedad no le gusta premiarle con la falsedad de su simpatía, pero que, gracias al cine que hace Víctor Gaviria, tenemos la oportunidad de acercarnos un poco más a ella. Valió la pena esperar su más reciente película.

domingo, 16 de octubre de 2016

PARIENTE LO COMPRUEBA

El cine es el acto creativo que centra su existir en correr todos los riesgos posibles frente a una cámara, con la ambición de susurrarnos, en la oscuridad de la sala, que es necesario darle otra forma a la realidad, aun cuando nuestros ojos se retiren de la pantalla. Se logra  parecer tanto a la vida, que se puede dar el lujo de no necesitar películas que lo comprueben. Por eso, hablar de cine, o mejor, hacerlo, es pretender vivir de tantas formas posibles que se hace insuficiente haber nacido solo una vez. Pariente, el primer largometraje del santandereano Iván Darío Gaona, aprovecha su relato para impresionarnos con lo insospechable de su creatividad en una producción destinada a extenderse y sobrepasar su propia realidad.

Tomado de elespectador.com 
Luego de apostarle a construir historias locales con  tres de sus cortometrajes previos: Los retratos, El tiple, Completo, el cine del mundo -porque esto ya no sólo es colombiano- ve nacer en Iván Gaona un nuevo autor, de la mano de La banda del carro rojo Producciones. Comprometer su creación inicial con lo propio de su tierra natal, Guepsa, Santander, hace posible compartir la identidad que le atribuyen al séptimo arte quienes se concentran en analizar los géneros cinematográficos, con la identidad y el amor por lo propio que el guionista y director rescata en cada una de sus obras. Pariente se “saca a bailar” durante 115 minutos, el subgénero western con la graciosa sinrazón de la violencia colombiana, dejando claro que en la vida ganar o perder gozan del mismo privilegio cuando somos valientes para atrevernos a amar.

Pariente se adentra en el paralelo que existe entre un triángulo amoroso de un municipio santandereano, con la histórica violencia que las ciudades le adjudicaron al campo colombiano, esta vez bajo el efecto del fenómeno paramilitar. Como en todo triángulo amoroso, lo que ha fallado no es la lealtad sino quizá la comprensión; y, como en la historia de Colombia, la sociedad pretendió serle leal a su nación sin comprender el costo que tendría jugar a ser dios siguiendo los consejos del diablo. En Pariente, los enemigos aprenden a ser sinceros para enfrentar la amenaza de quienes imponen la ley a la fuerza.


Pariente es un nuevo gran logro de la cinematografía colombiana. Desde el deleite que brinda ver a su equipo actoral, mostrado a través de los grandes aciertos de su fotografía y la siempre magnífica intervención musical de Edson Velandia, encontramos una historia emocionante de principio a fin. Sus personajes nos invitan a redescubrir las historias regionales colombianas, y todo el equipo que hizo posible esta producción, vinculados desde hace algunos años a diversos proyectos, son una gran prueba de que la industria audiovisual santandereana ya no solo respira sino que también comenzó a caminar y promete no detenerse.
Tomada de Shock.com

martes, 9 de agosto de 2016

SAUDÓ: LA MALDICIÓN DE ELEGIR EL CINE

Por
Carlos Alberto Campos


Saudó nos atrapa, nos llama y nos seduce con sólo pronunciar su nombre. Nadie sabe dónde queda; ni siquiera sabemos si existe, pero algunas personas, muy pocas, pueden atravesar el límite entre lo que se mira con los ojos y lo que se descubre con el corazón. Esa es la clave para llegar a Saudó. Nosotros sólo entramos a la sala atraídos por Saudó; una palabra que le da vida a la nueva película del director colombiano Jhonny Hendrix Hinestroza.

imagen de
 www.proimagenescolombia.com
Luego de cuatro años desde su último largometraje (Chocó, 2012), este chocoano nacido en Quibdó, sorprende la oscuridad de la sala con una película de terror, que, de repente, se convierte en un impensable tributo a las leyendas; a la piel; al paisaje,  a la música y a la sangre de la raza negra. Un tributo a los espectadores del séptimo arte, que asistimos a las salas en busca de historias habiendo olvidado que son las historias las que nos encuentran a nosotros.

Saudó nos sacude con su sonido, con sus rituales, con su enfrentamiento de sangre y lujuria; con la pasión y el desenfreno del hijo que descubre la vida enfrentando en combate a su propio padre; que sigue el destino de una tierra que se prolonga desde las sentencias de una antigua bruja, que vive al mismo tiempo en el corazón de una abuela y de una madre.

Para llegar a Saudó y salir con vida hay que correr todos los riesgos, en especial los desconocidos: hay que volver a buscar entre lo que se quiere olvidar, y tomar como hábito lo imposible. Una tarea tan loable como hacer una película de terror en un país de valientes y de violentos.


Larga vida al cine de Jhonny Hendryx Hinestroza; a sus raíces y a las nuestras, que desde su mirada se prolongarán tomando por asalto el dominio de las imágenes y del sonido.


viernes, 25 de marzo de 2016

EL SOBORNO DEL CIELO, UNA COMEDIA BASTANTE SERIA



por Carlos Alberto Campos




Cuando se comercia con la fe, como lo hacen muchas religiones, el soborno se vuelve una forma de transacción casi necesaria. Una particular vía  de acceso para  sacrificar en el individuo la dignidad que sustenta su propia felicidad a cambio de la dignidad colectiva; del engrandecimiento del nombre de su raza, y del reconocimiento y la aceptación de sus actos, no solo en la vía pública sino en la interplanetaria (...en el cielo). La religión: obra del hombre que intenta asaltar y politizar la divinidad; que en busca de lo espiritual, lo transcendental y lo desconocido no logra despegar su mirada de aquello del mundo que tanto pretende evitar, es asaltada y puesta al descubierto una vez más frente a la pantalla, en medio de la sala oscura, esta vez con EL SOBORNO DEL CIELO, la más reciente película del veterano director de cine colombiano Lisandro Duque Naranjo.

Se trata del reciente largometraje escrito y dirigido por el cineasta vallecaucano, quien a la fecha de su lanzamiento (2016) cuenta con 73 años de edad y un recorrido por el cine y la televisión nacional con más de una veintena de productos en los que ha participado como guionista, director y montajista, así como asistente y productor asociado, destacando en su filmografía las películas Visa USA (1986), Milagro en Roma (1987), Los niños invisibles (2001) y Los actores del conflicto (2008). EL SOBORNO DEL CIELO es otra de sus producciones exitosas que enriquece la lista de historias muy propias de nuestro país, y que no abandonan la tendencia a conservar esa  auténtica narrativa tan utilizada en momentos anteriores del cine colombiano;  antes de que críticos y cinéfilos comieran el fruto del bien y del mal de la imagen, y vieran  como un pecado del cine nacional, introducir en las películas algunos elementos muy propios de la televisión (no se tiene la fecha exacta de cuando sucedió esto; ¡yo me lavo las manos!)

En EL SOBORNO DEL CIELO veremos reflejados, en medio de súplicas y oraciones, premios y castigos, a tantos personajes que vienen a este mundo y sobre todo a este país a aprender a convivir en una competencia de reglas duras; cargas ideológicas pesadas de llevar, e imposiciones culturales que para algunas personas, como los artistas, terminan convirtiéndose en eso que los impulsa a buscar su propia liberación, no sin antes aprender a conocerse a sí mismos...

Durante noventa minutos, una parte determinante de la idiosincrasia colombiana se reúne en un pueblo del Tolima en la década del 60 para debatir, en medio de altanería y de obediencia, cómo se usurpa lo divino para volverlo terrenal y de paso se aprovecha para violar los derechos civiles que tiene cualquier persona. Encontramos en un joven escritor declarado ateo y su amigo oportunista;  en una hermosa estilista viuda; en un tendero y su familia, la forma de soportar el soborno del cielo de un sacerdote que se niega a impartir los sacramentos hasta que no se cumplan sus exigencias (hay que ver la película para conocerlas). Escuchamos en la voz de  personajes tan distintos entre sí, los motivos por los que visitan la Iglesia y lo que termina representando la religión en sus vidas; todo frente a un sacerdote, quien luego de imponerse a los feligreses los espera  en una iglesia de puertas abiertas pero de sillas vacías. 

Encontramos en una sociedad que no se rebela de forma colectiva, sino a partir de la iniciativa individual, otra manera de sobornar, esta vez, por el contrario, devolviendole el soborno a la iglesia -con tanto éxito por haber sido aprendido de ella misma-, donde al final, por gracia más humana que divina triunfa la tolerancia y la sensatez 


Confieso con el alma que EL SOBORNO DEL CIELO es una comedia muy seria, y si usted aún no la ha visto, arrepiéntase: véala en cines y no cargue con la culpa de perdérsela. No sabemos cuantos años pasarán para ver nuevamente al gran Lisandro Duque en la pantalla




domingo, 13 de marzo de 2016

LA SEMILLA DEL SILENCIO NO GERMINA EN EL CINE



Por Carlos Alberto Campos 

(tomado de empeliculados.co)
Por momentos nuestra percepción se siente engañada al suponer que no entramos al cine a ver una película, sino que una vez más escucharemos el  interminable relato de crímenes que nos han contado los noticieros nacionales desde el día que nacimos. En instantes, el aparente hastío que provocaría volver a hablar de violencia se aliviana al ver y escuchar frente a la gran pantalla una película de considerable calidad técnica, narrativa y sobre todo actoral. Intimidados con una imagen que nos sitúa frente a quienes vulneran la libertad y el derecho a la vida -a la misma distancia de quienes la defienden-, nos terminamos de despojar de  lo que creemos conocer, bajo el asalto de una banda sonora que desde el comienzo de la película nos invita a ser sorprendidos. Es imposible sacar conclusiones prematuras: aunque sepamos de qué se trata todo desde el comienzo; cuando entendimos que la película se mueve en torno a un asesinato, aún nos falta descubrir cómo es que la misma bala alcanzará para llegarle a muchas personas más.




Julieth Restrepo -Lina
(tomado de vanguardia.com)

La semilla del silencio es una película que integra a la perfección el talento de su reparto con la caracterización de los problemas sociales y de orden público que allí se exponen. No solo estamos hablando de "falsos positivos" y de la suerte que pueden correr quienes denuncian estos homicidios, sino también de los casos de protección a las Instituciones y a sus representantes, pasando por alto sus delitos, con un "talento" capaz de volver victimas a los victimarios. Por un lado, vemos el fatal destino de la mujer en el caso de la fiscal María del Rosario Durán (Angie Cepeda), y en el de Lina, la prostituta (Julieth Restrepo): ser utilizadas y desechadas por un mundo que sólo se hace valer con rudeza. Nos encontramos también con el dilema del héroe y el antihéroe en las actuaciones de Andrés Parra y Julián Román: dos hombres entrenados por la misma ley que promueve el derecho a matar para preservar o defender; por la que cada uno transita dando sus pasos en caminos verdaderamente opuestos. Este circulo social que devasta todas las sociedades se complementa con el indigno papel de la justicia y de las autoridades competentes, interpretadas por los actores Jairo Camargo, Christian Tappan y Felipe Botero.

Felipe Cano - director
 (tomado de confidencialcolombia.com)
Tal entramado de conspiraciones hacen parte del primer largometraje de Felipe Cano, luego de exitosas incursiones en la televisión colombiana como director de las series Lady, la vendedora de rosas y El laberinto de Alicia, además de participar en distintos roles de otras producciones. Su guion, escrito por Camilo De la cruz, ganó estímulo del Fondo para el Desarrollo Cinematográfico, logrando buena parte de la financiación, además de tener reconocimientos y ganar respaldo en Cannes, La Habana  y Róterdam
Con una inversión de mil setesientos millones de pesos y un equipo de trabajo de 100 personas, bajo la producción de Chapinero Films, está película le apuesta a interpretar y sugerir cómo se mantiene vigente una guerra desde las oscuras decisiones que se toman en los altos estamentos del poder y cómo parece no existir forma de detenerla antes de ganarse una sentencia de muerte.

Hay que descubrir por qué se asesina, por qué se silencia y por qué al no poder contarle a los demás lo que se sabe, se fundamenta un crimen mayor. Es necesario abrir más las ventanas para que entren las películas que se realizan con la intención de invitar a los colombianos a no evadirse de una realidad que sucede a pocos kilómetros de las salas de cine. No importa el hastío que el tema de la violencia parece ejercer, en especial en quienes no hemos sido victimas de forma directa.

Está película de ritmo particular, avanza y retrocede en el tiempo para mostrarnos de manera progresiva el sistema bélico; político; oficial y judicial de ganarse la vida a costa de la vida de los demás. La semilla del silencio se siembra con balas; balas para eliminar las palabras; balas que se desdibujan con  historias como esta, que saben tocar conciencias con el cine nacional.

jueves, 5 de noviembre de 2015

En cines ¡Que viva la música!

por Carlos Campos

"Aprende a sabotear los cines" fue una de las frases del testamento implícito que Andrés Caicedo escribió al final de ¡Que viva la música! y que el director caleño, Carlos Moreno, siguió con mayor fidelidad para hacer su propia desadaptación de esta novela en la gran pantalla.

Fotografía de elpais.com
(Des)adaptar una novela a la que muchos, -no todos- consideran una obra maestra, que por supuesto tiene sus méritos en la historia de la literatura colombiana, no ha de ser una tarea fácil para ningún director. Desde el más experimentado; el que despierta mayor fervor entre espectadores, conocedores o desprevenidos, o el más osado de los desconocidos, tendrá en sus manos una labor que suele confundir a las mayorías: a veces se espera que una película que se basa en un libro sea un retrato vivo que permita redescubrir lo que el texto ya mostró. Ninguna gracia tendría considerar  así una adaptación. 

Por el contrario, atreverse a contar de nuevo y bajo otras formas un relato ya conocido, que ha despertado tanta devoción entre sus seguidores, es quizá una mejor forma de hacerle un homenaje a la obra literaria que se adapta, o como en el caso del director Carlos Moreno, una obra que se desadapta. ¡Que viva la música!, la película, se desadapta de principio a fin, y su autor, quien desde 1974 ya no está con nosotros, sería el testigo omnipresente de este sabotaje en lenguaje audiovisual; que ni su propia genialidad -la que conservaría en la época en que escribía sus obras-, le permitiría suponer en qué tipo de película se intentaría mostrar lo que fue su novela.

El director Carlos Moreno (fotografía de elpais.com)
Carlos Moreno y Dínamo Producciones dan una vez más una muestra de gran cine; independientemente de lo que se piense sobre la forma como se transformó la inspiración que brindó la novela. Luego de asumir con responsabilidad el fervor que despertaron entre la gente, desde que se dio a conocer la noticia de que ¡Que viva la música! se llevaría al cine, tuvieron que afrontar en medio de ansias; esperas y críticas prematuras (que no se entienda inmaduras) que el público pudiera contemplar en las salas un nuevo "paso" en el camino que en algún momento inició "el grupo de Cali" y que hoy un grupo de nacionales, bajo la dirección de otros caleños, acompañados por algunos extranjeros, consolidarían, sin pretender sobrevalorar con conceptos ni definiciones una forma artística para que prime sobre otra. 


Paulina Dávila, la protagonista
(imagen tomada de semana.com)
No todos pueden sentir lo mismo por una película, así como es imposible interpretar la realidad de una misma y única manera. Frente a la pantalla, el éxtasis se apodera minuto a minuto de quienes somos testigos durante 100 minutos de la vigencia de la rebeldía. De ese sentir de que la calle ha de ser nuestro cómplice, nuestro exilio y nuestra cárcel; algo para aprender a confiar en uno mismo y al mismo tiempo para aprender a huir: sensación lograda gracias al montaje de la película. Es un relato urbano amplificado por el sonido de la belleza; esa que no se complace con la mentira inmaculada de la pureza ni de la quietud. Es una apariencia formada en los ideales del que sabe que quiere vivir hasta la saciedad, y que cuando no son suficientes los sentidos para hacerlo, recurre a la música porque ese arte tiene el poder de armonizar todas las sensaciones en un mismo cuerpo. Ese cuerpo que la escucha y que la interpreta como instrumento precioso, no apto para los hastíos, que a pesar de saber que todos los gustos no caben en una sala de cine, su alma se satisface en el caos que le propicia entender que todos existen más allá de su propia mente; de sus propios conceptos y de las mentiras donde acostumbra encontrarse. Es una experiencia fílmica que en varios momentos toma las formas del videoclip; donde la música se apodera de las escenas y las enriquece como una parte indescifrable de su guion. Es mirar la ciudad de Cali con la sospecha de que es y será la de siempre y hasta mejor de lo que se cree mientras sigan existiendo espíritus inquietos, dispuestos a dejar atrás lo que el cansancio de la sobriedad intentaría hacerles creer. Seres dispuestos a experimentar: a jugar con la imagen; con el sonido; con la noche; con el humo; con las palabras y sobre todo con la idea de grandeza que tienen de sigo mismos y de los demás; con la que comulgan pero no pueden negociar.

Guillermito y Clarisol Lemos
Carlos Moreno junto a Dínamo Producciones, acompañados por el legendario Gullermo Lemos (uno que sí conoció y fue amigo de Andrés Caicedo) Eduardo "la rata" Carvajal, el foto fija de la película (otro del parche), David Guerrero (pupilo de Carlos Mayolo) y un reparto de actores con papeles protagónicos, cuyos nombres no alcanzaría a mencionar pero que también hicieron lo mejor que pudieron -como en una gran familia-, tomaron la mítica novela y con ella hicieron lo que mejor saben hacer: cine. ¡Qué viva la música! es de esas películas que cuando se  estrenan, uno quiere volverlas a ver, y por la que se confirma, sin necesidad de pretender verdades absolutas, que Caliwood es, además de lo que fue en los años 70, un legado que se mantiene en el presente con una lista de directores y productores vallecaucanos que ya han dado mucho de qué hablar y mucho para mirar desde, por lo menos, los últimos 10 años.

¡Que viva la música! mantiene las emociones desde el principio hasta el final: recurre a la acción, al romance y a la violencia en dosis similares, logrando construir una nostalgia viva que se inserta entre los ojos del espectador gracias a una gustosa fotografía y una propuesta de arte que integra ambientes y elementos de distintas épocas. Aciertos técnicos y narrativos que cualquiera puede experimentar, conozca o no la obra de Caicedo, y que todos, especialmente los vivos tienen el derecho de compartir; de comentar y si les apetece, de destruir, como lo hizo Carlos Moreno por medio de su talento: con una película no apta para cierto tipo de egos, ni para un artificio "caicediano" que algunos pretenden defender con poca genialidad y muchos reclamos...

Cineastas y artistas colombianos: dejen obra y mueran tranquilos

jueves, 8 de octubre de 2015

¡LA SARGENTO MATACHO SE ACERCA!

¡LA SARGENTO MATACHO SE ACERCA!

Por Carlos Alberto Campos

(imagen tomada de elheraldo.com)
La Sargento Matacho suena a leyenda. Es un vivo retrato del conflicto armado colombiano retomado desde sus orígenes, en el año de 1948; contado de una forma que no da lugar a evasivas ni a indiferencias y que reta a los espectadores a seguir su relato hasta el final. Es un desafío histórico que sorprende por su estilo y por su narrativa. Con un lenguaje audiovisual diseñado para asaltar y trasgredir las convenciones estéticas tradicionales del país, al tiempo que demuestra cómo se sembró la semilla de la violencia en los campos colombianos, y cómo los seres más naturales; las mujeres y los niños, han tenido que marchar bajo  la orden de hacerse vulnerables por decreto y política estatal.

Esta película se conquista a si misma y a los espectadores de manera contundente. Su guion se arma para mostrar en la pantalla, desde su lógica, la incoherencia de toda guerra cuando invita a algunos a defender su sangre a costa de verter la sangre de otros. Siendo este el mayor de los fracasos políticos que le ha sido legado a los pueblos y que la corrupción de su mismo sistema se encarga de legitimar (vea en la película como se inició la práctica de crear "falsos positivos" en Colombia). Este es uno de los temas que La Sargento Matacho trae a la luz del cine colombiano en una época como la actual, en la que es urgente identificar la lógica de la guerra y sus injustificadas causas como sus consecuencias.

Esta película es el resultado de una investigación de Pedro Claver Téllez, que se materializa en el guion final de Marco Antonio López Salamanca, William González y Matilde Rodríguez . Un dato curioso alrededor de La Sargento Matacho, fue que el equipo de producción se encontró, en un momento posterior al rodaje, con el escritor tolimense Alirio Vélez Machado  quien en 1962 escribió la novela La Sargento Matacho y que la dedicó " a todas las madres campesinas, enlutadas por el atropello de los mercenarios al servicio de los poderosos. También a aquellas mujeres que siguieron con los ojos cubiertos de lágrimas la dolorosa marcha de sus seres queridos hacia la negra zona de la muerte". Aunque la película no está basada en esta novela, hay que destacar que su autor fue victima de amenazas y persecuciones por haberse atrevido publicar esta obra.

Dirigida por el vallecaucano William González, egresado del programa de Comunicación Social de la Universidad del Valle, y producida por Alina Hleap de Enic producciones , esta película ha recibido hasta la fecha importantes galardones dentro y fuera del país. Entre ellos se encuentran el de mejor película del VIII Festival de Islantilla, en Huelva, España, así como el de mejor actriz, entregado a Fabiana Medina, quien le da vida a  la bandolera  Rosalba Velásquez (La Sargento Matacho). Adicional, ha recibido premios nacionales como el de Mejor Largometraje Nacional en el 1º Festival de Cine al Carrete- Tolima y otro reconocimiento por su producción en el Festival Internacional de Cine de Santander.


(fotografía tomada de elpais.com.co)


Con un reparto de primera conformado por , Damián Alcázar, Marlon Moreno, Juan Pablo Franco y Juan Pablo Barragán, entre otros, esta película despierta una sugestiva mezcla de sentimientos con acciones  como la venganza, la traición, el desarraigo, y muchas más que por desgracia abonaron los campos colombianos.



Antes de estrenarse  en las salas comerciales del país, muchos han tenido  la oportunidad de conocer esta película gracias a su participación en festivales. En el caso de Bucaramanga, el FICS 2015 contó con esta obra en su competencia oficial, donde fue presentada por su productora, la vallecaucana Alina Hleap Borrero. Ella compartió con los asistentes del festival algo de esa pasión que la motiva a hacer parte de la historia del cine colombiano, y la responsabilidad que se tiene al producir una película inspirada en hechos reales; que se convierte en una pieza clave para reflexionar alrededor de esa cultura de venganza y eliminación de los contrarios, que ideológicamente ha alimentado nuestro conflicto, agitando una bandera de cualquier color.


(Alina Hleap y William González. Fotografía de festivaldecinedecali.com)
Con una calidad comparable con la nobleza; esa que se encuentra en los actos donde se triunfa, no por conquistar a otros, sino por aprender a conquistarse a si mismo, La Sargento Matacho es una película de guerra que va más allá del combate gracias al discurso trascendental del séptimo arte. Aquí se utilizan infinidad de recursos para demostrar que la guerra se terminará cuando la sociedad pierda las esperanzas de desarrollarse y de realizarse por la imposición de la fuerza y de la opresión; una vez retome su camino para recuperar con dignidad, y no con sangre, lo que siempre le ha pertenecido: la vida y la libertad.

Como John Lennon nos lo dijo en 1969, hoy día más que nunca, es nuestro deber gritarlo a Colombia y al  mundo entero con amor: "ALL WE ARE SAYING IS GIVE A PEACE A CHANCE" "TODO LO QUE ESTAMOS DICIENDO ES DALE UNA OPORTUNIDAD A LA PAZ"

Asista al estreno de La Sargento Matacho, muy pronto en las salas de cine del país.

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