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jueves, 18 de agosto de 2022

UNA MADRE - Cuando escapar es el destino

 

por
Carlos Alberto Campos Tapias





El destino se convierte en un lujo cuando es algo que se puede elegir. De todas las “oportunidades” que las personas logren tener, a lo largo de su vida, pocas han de ser las ocasiones para identificarlas y reconocerlas de manera oportuna, porque, en el mayor de los casos, la voluntad se deshace ocupándose en resolver lo que no tiene porqué, ni amerita hallar solución. Es probable que la diferencia la marque el sentir, pero a este sólo se le considera útil cuando se hace tangible en el hacer. Y entonces se le reconoce y se le pone un nombre al transitar de cada quien por la vida: mientras que algunos le llaman ‘desgracia’, otros le dicen ‘felicidad’ o ‘realización’. No obstante, la creencia, al fin y al cabo, dirá una vez más que “el destino”, irremediablemente, dirigió lo que se hizo y lo que no. 

De todos los caminos que se traza el ser humano, muchos se recorren con la urgencia de sobrevivir; otros con el afán de sobresalir, y pocos conducen a experiencias auténticas, que propicien un encuentro permanente consigo mismo. No se trata de valorar con arbitrarias comparaciones lo que unos u otros hacen. Se trata de aprender a distinguir en el “cómo lo hacen”, las intenciones y los ideales que subyacen en esa relación de cada quien con el mundo que, indiscutiblemente, se inicia y se establece a través de la familia, desde los primeros años de edad. Relación que no detiene su resonar en el interior de cada uno y que luego retumba en el exterior, entre cada uno con los demás. Relación que cuando se rompe consigo mismo, desde el principio, y se fuerza a mantener en medio de las solicitudes y exigencias del mundo exterior, siendo algo que no todos logran soportar, desemboca en el arduo camino, o destino no elegido, de la afección mental.

Diógenes Cuevas - Director
Dicen que una madre lo soporta todo y que es capaz de todo por sus hijos. Pero, quienes lo dicen, olvidan que cada madre es ante todo una hija: una mujer como cualquiera, que muchas veces fue puesta en desventaja por una sociedad que, durante siglos, se sintió con el derecho de prohibirle, de relegarla y de exigirle que diera las gracias. Una mujer que, al iniciarse en su función sexual y reproductiva, le esperaba llevar una carga más, para cumplir ese rol idealizado que la cultura le impone por el hecho de ser mamá, a lo que se le suma, en muchos casos, el maltrato físico y verbal por parte de sus parejas. Pero no todas las madres logran sobreponerse a lo que en principio se vislumbra como un desgraciado destino, y muchas sucumben en el trastorno psiquiátrico, como en la historia plasmada en UNA MADRE, el primer largometraje del colombiano Diógenes Cuevas, que nos invita a reflexionar lo que será del amor familiar, al hacerle frente a lo que no se puede elegir, ni mucho menos se puede cambiar.

Protagonizada por Marcela Valencia en el papel de Dora y José Restrepo, como su hijo Alejandro, UNA MADRE llega a las salas de cine con una propuesta tan intimista como descarnada, que se vale de la agilidad de su ritmo, combinado con una excelente propuesta actoral para, rápidamente, atraparnos y sumergirnos en la dimensión familiar de la culpa y la pena; dimensión donde se guardan esos problemas que casi nadie quiere darle a conocer a los demás. Ese mundo que, para algunos, al interior de las familias, debe ser oculto e ignorado, y al que muchos consideran que sería un error dedicarle tiempo y esfuerzo para confrontar, reflexionar y proponer una alternativa de mejoría, que vaya más allá de romper las relaciones con quienes lo padecen, o de llegar a la extrema imposición de recluirlos contra su voluntad. 

UNA MADRE es un drama de gran impacto sicológico, cuyas virtudes se manifiestan al convertirse en una película de carretera, que al final se acerca al cine de terror. En este recorrido lo más importante no es el camino, ni el destino, sino la libertad que experimentan los que planean un escape, sin importar si resulte o no exitoso. Es una obra que durante 83 minutos de duración rompe los moldes y las convenciones de la atención, la fraternidad y el cuidado familiar, dándole vuelta a la relación entre padres e hijos (que tarde o temprano siempre se da…); deshaciendo toda expectativa que se tenía sobre ella. Es una película que lleva a la pantalla la necesidad que se tiene de reconstruir la propia vida, reconstruyendo al mismo tiempo la relación con la familia. Proceso que, como en esta película, implica aprender a escuchar, a mirar y a decir, en el justo momento, lo que se tiene que decir. 

El universo narrativo de UNA MADRE se extiende con la participación de los actores Alberto Cardeño y Cristina Zuleta, quienes, en una turbulenta relación de padre e hija, cruzan sus vidas con la de Dora y Alejandro, ampliando la visión del drama familiar, fundamentado en la violencia doméstica; dejando claro que en sociedades como la nuestra, ese legado de “la ley del más fuerte”, que se inició desde casa, habitualmente con el papá, difícilmente se logrará trascender. Es importante destacar que el giro que tiene la historia con la aparición de estos dos personajes, y que aparentemente haría tambalear el guion, en realidad complementa y reitera la idea de lo común que es encontrar la disfuncionalidad familiar, y cómo en cualquier casa se pueden hallar los mismos retratos de víctimas y victimarios, conviviendo, y, sentados a diario en la misma mesa.

Que el cine se parezca a la vida o que la vida se parezca al cine, es una indescifrable maravilla, atribuible a cualquier otra forma de arte. Y más aún en nuestro entorno, donde la cultura de atender el afán diario de sobrevivir (¿y de sobresalir?), pasando por encima de los demás, o haciéndolos a un lado, nos ha impuesto como norma de relación social cualquier forma de irrespeto, maltrato y violencia. Queda en el recuerdo la frase que la religiosa, interpretada por la actriz argentina Eva Bianco, le dice al hijo de Dora sobre los enfermos mentales en Colombia que, palabras más, palabras menos, dice así: “en este país se prefiere a un muerto que a un loco, porque a los muertos se les exalta, pero a los locos hay que esconderlos”.




sábado, 21 de mayo de 2022

VIOLENCIA PARA TODO PÚBLICO

 

Por: Carlos Alberto Campos


Uno podría suponer que la violencia, o que -la “maldad” que la engendra-, se resume en una simple oposición: “los malos contra los buenos”. En efecto, este es uno de nuestros tempranos razonamientos, cuando en los primeros años de vida la infinidad de situaciones que componen el mundo se reducen a las primeras afirmaciones y negaciones verbales que recibimos por parte de quienes imponen su educación sobre nosotros. Sin embargo, al poco tiempo, somos testigos de cómo muchas de estas afirmaciones y negaciones son contrarias a lo que hacen quienes las profesan; es decir, el mundo se encarga de mostrarnos, rápidamente, su margen de error y de paso nos brinda las primeras lecciones para aprender a mentir. Y es que exploramos (¡e interiorizamos!) cualquier tipo de contradicción como forma de adaptación a la sociedad, hasta que estamos en edad de demostrar cómo ejerceremos `inteligentemente´ la contradicción en nuestras relaciones con las personas, con las cosas y, en general, con las situaciones que nos rodean. Esta variación, aunque sea mediada por el lenguaje, corresponde a la inconsistencia e incoherencia entre el decir y el hacer, propia del ser humano. 

 La violencia, sin embargo, -similar al lenguaje- también se transforma. Y aunque el lenguaje evoluciona, y junto a él evoluciona la mentalidad de quienes lo practican, esta no posibilita ninguna forma de progreso en el ser humano; ni como especie, ni como sociedad. La violencia, por su parte, se disfraza, se camufla, se disimula; se viste de ideales y hasta pretende justificarse, para seguir con sus planes de imponer a la fuerza voluntades ajenas. Esta práctica, que puede incubarse desde la simple emisión de una palabra o llevarse a su máxima expresión en la supresión de la vida, o de cualquier otro derecho, se ha instaurado en el alma como parte de la existencia; como forma de vida, como forma de empresa, y, en cuestionable legitimidad, como forma de defensa. Se trata del fenómeno que configuró y marcó tantos momentos históricos del siglo XX, y buena parte de lo que va del siglo XXI; arraigándose y normalizándose, incluso en la percepción que tenemos los colombianos sobre los riesgos que implican vivir en nuestro país.

 Esta desgracia social -que se ha intentado explorar hasta la saciedad en diversos espacios, llevando a muchos al hastío y a no querer saber nada más sobre el asunto-, también ha motivado a algunos creativos a abrirle caminos al tema, por ejemplo, desde el séptimo arte, para que poco a poco más personas lleguen a su urgente comprensión. No obstante, muchas de estas obras rebotan y se disipan en una sociedad donde (in)convenientemente el arte sigue siendo materia de privilegiados; una sociedad que desconoce sus posibilidades de surgimiento y de autosuperación, frente a esta vergonzosa imposición. Por eso, aunque muchos títulos del cine colombiano desarrollan sus historias a partir de este contexto, es importante resaltar la mirada tan especial que el cineasta Jorge Forero le dio a este fenómeno en su ópera prima del año 2015, titulada, precisamente, Violencia


Se trata de un largometraje de ficción cuya proeza  consiste en no pretender hablarnos de causas ni de consecuencias, ni en desenmascarar ni retratar a víctimas y victimarios, sino que hace un enorme paréntesis en medio de un tema que a estas alturas está tan institucionalizado y despersonalizado (especialmente entre quienes no hemos sido víctimas directas del conflicto armado colombiano y la guerra sólo la conocimos por medio de la televisión), internándose en el sentir de quienes han tenido que soportar este flagelo. Se trata de una serie de contrastes, a través de tres relatos distintos; con diferente tratamiento audiovisual, que lo único que tienen en común es que han sido históricamente posibles en el país de “los buenos contra los malos”, y que se ha fundamentado en sus desacertadas políticas de Estado. Basta con entregarse a los 118 minutos que dura la película, para transitar de la indiferencia o de la repelencia de ver estas realidades proyectadas en la pantalla, a llegar a sentir lo insignificante y dolorosa que se torna la vida cuando la integridad personal no es más que una mercancía que será disputada por personas uniformadas y con fusiles entre sus manos.

La primera de estas historias nos permite regresar a lo primitivo y al mismo tiempo a lo más ajeno a nuestra identidad individual: estar separado de todo lo que nos formó y nos dio la noción de la realidad, para ahora hacer parte de la selva. No como un animal que disfruta de su hábitat, sino como un animal encadenado, que sólo experimenta la libertad cada vez que se sumerge en un arroyo, donde toma su baño. Allí, además de limpiar su cuerpo, el carácter instintivo desarrollado desde su terrible condición, invita al cautivo a escapar por unos instantes a una eternidad pasajera que es capaz de fabricar cada vez que se hunde en el agua, convirtiéndose en una particular forma de consuelo. Algo tan surreal, que por instantes parece decir que lo que intenta el personaje es devolverse a habitar el vientre materno, como una forma soñada de escapar de todo lo que fue su vida hasta ese momento. 

La segunda historia destaca lo valiosa que se vuelve una persona cuando ni estudia ni trabaja, y, aparentemente, no tiene nada que ofrecer para competir y salir adelante ante la sociedad. Esto lo hace el personaje ideal para convertirse, de la noche a la mañana, en un ‘combatiente’, transgresor de la ley; dado de baja de manera legítima por quienes estaban allí para defender la soberanía nacional, pero que  ahora, en medio de perversos cálculos matemáticos, convierten sus balas en cuerpos abatidos, que en teoría significarán la victoria para la institución a la que pertenecen.

La última historia nos muestra el lado humano de otra organización criminal, donde la rudeza y la exigencia con sus integrantes hace parte de la preparación que deben tener y de lo que deben aprender para ser esos "salvadores" que juran encarnar, facultados para tomar el control de aquello que el Estado no pudo controlar. Seres que aman, obedecen, comparten el comedor y se divierten, y cuyo valor reside en matar y sólo matar, de la manera más atroz posible, como elemento distintivo que los llena de virtud.

Violencia es una coproducción colombo-mejicana que se estrenó en 2015 en la sección Forum del Festival de Cine de Berlín. También fue ganadora a Mejor Película en el Festival de Cine de Huelva, en la sección Rábida. Escrita y dirigida por el bogotano, Jorge Forero, quien también ha participado como productor en destacadas películas colombianas como Los hongos (2014), La tierra y la sombra (2015), y Siete cabezas (2017). Sin duda, Violencia es un largometraje que rompe el convencionalismo narrativo del esquema moral tradicional, perpetuado en este tipo de películas, y ubica intencionalmente al espectador en una posición determinante, donde es inevitable reconocerse como un miembro activo de esta guerra; sin permitirle evadirse del tema, ni definirse tranquilamente dentro del bando de “los buenos” o de “los malos”.

Jorge Forero, director y guionista
Jorge Forero, Director y guionista 





sábado, 30 de abril de 2022

AMPARO “¡Qué país ni qué hijueputas!"


Por: Carlos Alberto Campos 

cortesia: docco.co
imagen cortesía de docco.co 

El vínculo familiar no siempre es algo que se lleva en la sangre. Se nace y se comparte con quienes se tiene cerca, y es la cercanía o la distancia de quienes están alrededor, la que determina el valor que toman los afectos. Es por eso que muchos hallan una familia fuera de su casa, mientras que otros, por el contrario, no dudan un solo instante en preservar ese instinto que les permite sentir que su familia es lo más grande y valioso que tienen. Pero también existe el azar, la incertidumbre, la imperfección y lo que varios especialistas en relaciones familiares llaman lo “disfuncional”. Y a pesar de todo, también existe la suerte que tienen muchos de que alguien se ocupe de ellos. 

Amparo está acostumbrada a librar las batallas diarias acompañada de sus dos hijos, Karen y Elías. Aunque sean hijos de padres distintos, ambos tienen en común el amor ilimitado de su mamá y la ausencia de su progenitor. Amparo podría pasarse la vida haciendo lo que le toque hacer para conservar ese vínculo de tres; donde no necesita de nadie más, cuando todavía sus dos pequeños caben entre sus brazos. Amparo no quiere escuchar más reproches, ni soportar más abusos; ni que la pongan a competir para sobrevivir. Lo único que Amparo necesita con urgencia, es conseguir en menos de un día una gran cantidad de dinero para librar a Elías del servicio militar obligatorio.

Amparo es el primer largometraje del renombrado director Simón Mesa Soto. El nombre de su personaje no es solamente una palabra designada para llamar a una mujer, sino que además es la acción de proteger, brindar apoyo y cuidado. Simón Mesa, por su parte, es un docente y director de cine que desde sus dos anteriores trabajos: Leidi (Palma de oro a mejor cortometraje del Festival de Cannes, 2014) y Madre ( selección oficial en este mismo festival en 2016), le hace un invaluable homenaje a la mujer y a su padecer, al tener que vivir en una sociedad que la empuja a la cultura de hacerse vulnerable. Una sociedad y una cultura donde las estructuras familiares tambalean, mutando sus vínculos afectivos; llegando a convertirse en artífices de sus desventuras, como en los últimos lugares donde sus miembros optan por refugiarse. 

Con un argumento sólido, que evidencia a la perfección la Colombia de finales del siglo XX (que actualmente persiste y que por lo pronto sigue estando lejos de entrar al siglo XXI), y una excelente interpretación actoral desarrollada por  todo su elenco, Amparo es una película donde el valor que asume una madre por estar junto a sus hijos, la lleva a desafiar la legalidad de un país que le regala de cumpleaños a los varones, -recién cumplida la mayoría de edad-, la posibilidad de serle útiles al sistema de la guerra, como opción inevitable para “definir su situación militar” (que también suelen llamar “defender” o “servirle a la patria”).


Interpretada por Sandra Melissa Torres, quien recibió el premio a la mejor actriz revelación en la Semana de la crítica del Festival de Cannes (2022), por su actuación en esta película -cuyo papel se potencializa con la complicidad de una cámara que no la abandona, y la sitúa en un punto de vista aguerrido y reivindicante-, Amparo no quiere desmoronar su verdadera familia, bajo la consigna de tener que cumplirle al país. Antes que eso, prefiere canjear una parte de su dignidad a ver si logra juntar el dinero para salvar a su hijo; pero mucho antes, prefiere gritarle a un grupo de hombres uniformados "¡Qué país ni que hijueputas!"





martes, 29 de marzo de 2022

RÍOS DE CENIZA - No dejar el arte para después de morir.



Por: Carlos Alberto Campos



Aunque para algunas personas, la vida significa lo que cada uno vive, eso y nada más, para otros simboliza algo que transcurre más allá de lo vivido; esto último, generalmente, a la sombra de lo que se ignora, de lo que el tiempo nos hace olvidar y de lo que el tiempo mismo nos invita a resignificar. Y todo ello gracias a la potestad de preguntarnos por la finalidad de la vida y su sentido; pregunta  validada por esa certeza que nos visita cada vez que recordamos el compromiso que algún día cumpliremos con la muerte. En este caso, como en cualquier otro, es imposible que la vida no se convierta en arte, frente a la mirada y el criterio de cualquiera.

Considerar la vida (o el vivir) como la forma más tangible del arte -independiente de la definición o el concepto que se tenga sobre este-, posibilita expandir nuestra visión y abarcar tantos enfoques como sea posible, yendo más allá de lo biológico y lo existencial. El arte -esa creación indefinible e inacabada- no es algo   solamente disponible para talentosos soñadores lúcidos, ni delirantes creadores  excesivamente sensibles. El arte se expresa y se hace factible hasta para los seres más materialistas o racionales, llegando a permear diversos saberes y disciplinas del conocimiento, aparentemente opuestas. La ciencia es una hermana privilegiada del arte.

La naturaleza, por su parte, conjuga y materializa toda manifestación de la vida, desde el principio hasta la consumación de sí misma. Es allí cuando el arte surge como una transgresión de lo natural, a partir de la interpretación y de la expresión que hacen los hombres de lo vivido, sean o no artistas. Hacer de la vida una obra de arte no siempre significa encaminar las acciones hacia un plan idealizado o estandarizado de belleza y bienestar. La tragedia también es considerada una forma de arte, específicamente dentro del drama, siendo la expresión que refleja todas, algunas, o parte de las desgracias que acompañan al humano en su transitar por la vida.

Si se revisara lo más reciente del cine colombiano, buscando una película donde el arte, la vida, la naturaleza y la tragedia hablaran el mismo lenguaje en la pantalla, de manera excepcional, Ríos de Ceniza  -la ópera prima del director y guionista santandereano Alberto Gómez Peña-, no solo satisfaría esta búsqueda, sino que, además, reabriría la posibilidad de concebir el cine nacional como un fértil escenario para desarrollar historias que se arriesgan a transformar lo cotidiano, lo paisajístico y lo rural en algo extraordinario, trascendental y ultrasensorial.

Esta historia, cuyo subgénero narrativo puede considerarse como película de viaje (road movie, o película de carretera), se desarrolla a partir de dos elementos que la identifican: la particular situación de su protagonista y su relación con la geografía circundante. Esteban (Juan Fernando Sánchez), en su intención de finalizar aquello que ha devastado  su vida, toma un camino poco confiable para solucionarlo: aquel que le señala la ilusión de liberación y de descanso instantáneo, no obstante, ignorando lo que la totalidad de los seres humanos ignoramos: ¿es la muerte el final o la continuación de lo vivido? Y, en cualquiera de los casos, desde la incertidumbre de no saber si experimentaremos alguna forma de conciencia una vez que se termine nuestra vida.


Imagen cortesía de Carlos Alonso Martínez
                              

La historia de Esteban y de su familia, sin embargo, no finaliza aquí. El cine como forma de arte que le apuesta a simular la realidad, para ser decodificada y reinterpretada frente a los ojos de los espectadores, se vale de su lenguaje para invitarnos a trascender nuestra propia percepción de la vida, a través de la narrativa de cada película. El montaje cinematográfico se encargará de revivir desde la mente de Esteban, esos momentos que junto a su padre, Alfonso (Germán Castro Blanco), su esposa, María (Luisa Vides) y su hijo, Juan (Nicolás Vargas), ahora parecen encajar con su realidad y hallar sentido a medida que camina sin detenerse por territorios agrestes desde que terminó su tiempo entre los vivos.

Esta película -donde además se aprecian los diversos y contrastantes climas y territorios del departamento de Santander (Colombia)-, como son el páramo de Santurbán, Cepitá y los alrededores de la represa del Topocoro, es el resultado de un inquietante acercamiento al cine, no sólo de parte de su director y guionista, sino de todos los integrantes de los equipos técnicos que hicieron posible su filmación. Sería esta la primera vez que sus nombres aparecerían en los créditos de un largometraje. Sin importar las dificultades y lo azaroso que esto pudiera resultar, ninguno le diría que no a la oportunidad de traer a la vida un nuevo título para la filmografía nacional, desde la enigmática y riesgosa mirada del cine de autor.

Ríos de Ceniza, una película que tomó alrededor de diez años desde la concepción de su idea original; la escritura del guion, y los procesos de realización y postproducción, fue estrenada en la 61 versión del Festival de Cine de Cartagena (2022), destacándose como un fascinante acto de perseverancia y fortaleza que, en medio de pasiones y desventuras, impulsa por naturaleza a los seres humanos a vivir y a afrontar sus experiencias hasta las últimas consecuencias. Esta es una obra donde el agua, la tierra, el aire y el fuego -“los elementos de los que todo está hecho”- testifican su protagonismo en una historia donde la naturaleza no tiene límites para terminar y volver a comenzar en cada uno de sus interminables ciclos.



domingo, 18 de agosto de 2019

Monos: El oscuro ritual de la obediencia


Por Carlos Alberto Campos

Cuando la pantalla deja de ser solo un medio para contar historias, la luz y la oscuridad; el silencio y el sonido, son capaces de provocar nuevos y diferentes latidos en el corazón de cualquier espectador. Quien momentos antes, era solo una parte del público, ahora -frente a la pantalla- se entrega y se vuelve cómplice de una obra de arte.

El cine es un arte contagioso, en el que ciertas películas logran disolver las fronteras de la percepción en un individuo o un colectivo. Y cuando lo hacen, sus repercusiones trascienden los heredados reinos del conocimiento y nos impulsan a avanzar -ya no guiados por la mano de alguien más, como en la época escolar-, sino a través del vivir un mensaje claro e íntimo, aunque no absoluto, que la película trae consigo. La madurez de un cineasta pone al descubierto la inmadurez de un espectador, y al revés.

Alejandro Landes
(Imagen de semana.com)
Monos es el tercer largometraje de Alejandro Landes, director colombo-ecuatorino, nacido en Brasil. Después de su documental Cocalero y de su afamada Porfirio, Monos es una película grande, trascendental y universal. Lo que puede ser el resultado de las diversas nacionalidades involucradas en el proyecto, no solo por parte de su director, sino también de su elenco actoral y de su equipo técnico. Monos logra lo que recientemente ninguna otra película colombiana ha logrado, y es invitarnos a descubrir la naturaleza de nuestros miedos, nuestros instintos y nuestros apetitos, como el camino a seguir para redimensionar nuestra percepción de la guerra, a través de códigos, lenguajes y simbolismos poco explorados en nuestra cinematografía, cuando se tratan estos temas.

(Imagen de caracol.com)
El juego y la obediencia hacen parte del mismo ritual en un grupo de niños que se preparan cada día para enfrentar un enemigo que parece invisible. Un enemigo que sólo es capaz de destruirlos; de superarlos con bombas y disparos, y que cuando los tiene muy cerca -y lejos del combate- no sabe qué hacer con ellos. La selva se convierte en su casa segura, donde se cultivan ideales y donde también se baila, se alucina y se deleitan los ‘frutos de la tierra’, intentando lidiar con la crueldad que desde ese lugar se gesta, porque hasta el momento no hay otro terreno conocido, ni otra forma de sobrevivir.

Monos es un grupo de combatientes que no se parecen a lo que creemos. Sus rostros y sus formas de ser los asemejan más a las personas de la ciudad, a sus hijos o a los del vecino. Desde allí nace la confusión que se transforma en sorpresa a lo largo de 145 minutos de película, donde luces y sombras; silencios y sonidos, le apuestan a trastocar los sentidos del espectador, sacándolo de su comodidad para darle la oportunidad de hacer parte de un relato donde se es víctima y victimario al mismo tiempo. Un espejo primitivo de la realidad interna de cualquier espectador, que sólo la pantalla de cine puede lograr con la complicidad de la sala oscura.


domingo, 16 de octubre de 2016

PARIENTE LO COMPRUEBA

El cine es el acto creativo que centra su existir en correr todos los riesgos posibles frente a una cámara, con la ambición de susurrarnos, en la oscuridad de la sala, que es necesario darle otra forma a la realidad, aun cuando nuestros ojos se retiren de la pantalla. Se logra  parecer tanto a la vida, que se puede dar el lujo de no necesitar películas que lo comprueben. Por eso, hablar de cine, o mejor, hacerlo, es pretender vivir de tantas formas posibles que se hace insuficiente haber nacido solo una vez. Pariente, el primer largometraje del santandereano Iván Darío Gaona, aprovecha su relato para impresionarnos con lo insospechable de su creatividad en una producción destinada a extenderse y sobrepasar su propia realidad.

Tomado de elespectador.com 
Luego de apostarle a construir historias locales con  tres de sus cortometrajes previos: Los retratos, El tiple, Completo, el cine del mundo -porque esto ya no sólo es colombiano- ve nacer en Iván Gaona un nuevo autor, de la mano de La banda del carro rojo Producciones. Comprometer su creación inicial con lo propio de su tierra natal, Guepsa, Santander, hace posible compartir la identidad que le atribuyen al séptimo arte quienes se concentran en analizar los géneros cinematográficos, con la identidad y el amor por lo propio que el guionista y director rescata en cada una de sus obras. Pariente se “saca a bailar” durante 115 minutos, el subgénero western con la graciosa sinrazón de la violencia colombiana, dejando claro que en la vida ganar o perder gozan del mismo privilegio cuando somos valientes para atrevernos a amar.

Pariente se adentra en el paralelo que existe entre un triángulo amoroso de un municipio santandereano, con la histórica violencia que las ciudades le adjudicaron al campo colombiano, esta vez bajo el efecto del fenómeno paramilitar. Como en todo triángulo amoroso, lo que ha fallado no es la lealtad sino quizá la comprensión; y, como en la historia de Colombia, la sociedad pretendió serle leal a su nación sin comprender el costo que tendría jugar a ser dios siguiendo los consejos del diablo. En Pariente, los enemigos aprenden a ser sinceros para enfrentar la amenaza de quienes imponen la ley a la fuerza.


Pariente es un nuevo gran logro de la cinematografía colombiana. Desde el deleite que brinda ver a su equipo actoral, mostrado a través de los grandes aciertos de su fotografía y la siempre magnífica intervención musical de Edson Velandia, encontramos una historia emocionante de principio a fin. Sus personajes nos invitan a redescubrir las historias regionales colombianas, y todo el equipo que hizo posible esta producción, vinculados desde hace algunos años a diversos proyectos, son una gran prueba de que la industria audiovisual santandereana ya no solo respira sino que también comenzó a caminar y promete no detenerse.
Tomada de Shock.com

martes, 9 de agosto de 2016

SAUDÓ: LA MALDICIÓN DE ELEGIR EL CINE

Por
Carlos Alberto Campos


Saudó nos atrapa, nos llama y nos seduce con sólo pronunciar su nombre. Nadie sabe dónde queda; ni siquiera sabemos si existe, pero algunas personas, muy pocas, pueden atravesar el límite entre lo que se mira con los ojos y lo que se descubre con el corazón. Esa es la clave para llegar a Saudó. Nosotros sólo entramos a la sala atraídos por Saudó; una palabra que le da vida a la nueva película del director colombiano Jhonny Hendrix Hinestroza.

imagen de
 www.proimagenescolombia.com
Luego de cuatro años desde su último largometraje (Chocó, 2012), este chocoano nacido en Quibdó, sorprende la oscuridad de la sala con una película de terror, que, de repente, se convierte en un impensable tributo a las leyendas; a la piel; al paisaje,  a la música y a la sangre de la raza negra. Un tributo a los espectadores del séptimo arte, que asistimos a las salas en busca de historias habiendo olvidado que son las historias las que nos encuentran a nosotros.

Saudó nos sacude con su sonido, con sus rituales, con su enfrentamiento de sangre y lujuria; con la pasión y el desenfreno del hijo que descubre la vida enfrentando en combate a su propio padre; que sigue el destino de una tierra que se prolonga desde las sentencias de una antigua bruja, que vive al mismo tiempo en el corazón de una abuela y de una madre.

Para llegar a Saudó y salir con vida hay que correr todos los riesgos, en especial los desconocidos: hay que volver a buscar entre lo que se quiere olvidar, y tomar como hábito lo imposible. Una tarea tan loable como hacer una película de terror en un país de valientes y de violentos.


Larga vida al cine de Jhonny Hendryx Hinestroza; a sus raíces y a las nuestras, que desde su mirada se prolongarán tomando por asalto el dominio de las imágenes y del sonido.


viernes, 25 de marzo de 2016

EL SOBORNO DEL CIELO, UNA COMEDIA BASTANTE SERIA



por Carlos Alberto Campos




Cuando se comercia con la fe, como lo hacen muchas religiones, el soborno se vuelve una forma de transacción casi necesaria. Una particular vía  de acceso para  sacrificar en el individuo la dignidad que sustenta su propia felicidad a cambio de la dignidad colectiva; del engrandecimiento del nombre de su raza, y del reconocimiento y la aceptación de sus actos, no solo en la vía pública sino en la interplanetaria (...en el cielo). La religión: obra del hombre que intenta asaltar y politizar la divinidad; que en busca de lo espiritual, lo transcendental y lo desconocido no logra despegar su mirada de aquello del mundo que tanto pretende evitar, es asaltada y puesta al descubierto una vez más frente a la pantalla, en medio de la sala oscura, esta vez con EL SOBORNO DEL CIELO, la más reciente película del veterano director de cine colombiano Lisandro Duque Naranjo.

Se trata del reciente largometraje escrito y dirigido por el cineasta vallecaucano, quien a la fecha de su lanzamiento (2016) cuenta con 73 años de edad y un recorrido por el cine y la televisión nacional con más de una veintena de productos en los que ha participado como guionista, director y montajista, así como asistente y productor asociado, destacando en su filmografía las películas Visa USA (1986), Milagro en Roma (1987), Los niños invisibles (2001) y Los actores del conflicto (2008). EL SOBORNO DEL CIELO es otra de sus producciones exitosas que enriquece la lista de historias muy propias de nuestro país, y que no abandonan la tendencia a conservar esa  auténtica narrativa tan utilizada en momentos anteriores del cine colombiano;  antes de que críticos y cinéfilos comieran el fruto del bien y del mal de la imagen, y vieran  como un pecado del cine nacional, introducir en las películas algunos elementos muy propios de la televisión (no se tiene la fecha exacta de cuando sucedió esto; ¡yo me lavo las manos!)

En EL SOBORNO DEL CIELO veremos reflejados, en medio de súplicas y oraciones, premios y castigos, a tantos personajes que vienen a este mundo y sobre todo a este país a aprender a convivir en una competencia de reglas duras; cargas ideológicas pesadas de llevar, e imposiciones culturales que para algunas personas, como los artistas, terminan convirtiéndose en eso que los impulsa a buscar su propia liberación, no sin antes aprender a conocerse a sí mismos...

Durante noventa minutos, una parte determinante de la idiosincrasia colombiana se reúne en un pueblo del Tolima en la década del 60 para debatir, en medio de altanería y de obediencia, cómo se usurpa lo divino para volverlo terrenal y de paso se aprovecha para violar los derechos civiles que tiene cualquier persona. Encontramos en un joven escritor declarado ateo y su amigo oportunista;  en una hermosa estilista viuda; en un tendero y su familia, la forma de soportar el soborno del cielo de un sacerdote que se niega a impartir los sacramentos hasta que no se cumplan sus exigencias (hay que ver la película para conocerlas). Escuchamos en la voz de  personajes tan distintos entre sí, los motivos por los que visitan la Iglesia y lo que termina representando la religión en sus vidas; todo frente a un sacerdote, quien luego de imponerse a los feligreses los espera  en una iglesia de puertas abiertas pero de sillas vacías. 

Encontramos en una sociedad que no se rebela de forma colectiva, sino a partir de la iniciativa individual, otra manera de sobornar, esta vez, por el contrario, devolviendole el soborno a la iglesia -con tanto éxito por haber sido aprendido de ella misma-, donde al final, por gracia más humana que divina triunfa la tolerancia y la sensatez 


Confieso con el alma que EL SOBORNO DEL CIELO es una comedia muy seria, y si usted aún no la ha visto, arrepiéntase: véala en cines y no cargue con la culpa de perdérsela. No sabemos cuantos años pasarán para ver nuevamente al gran Lisandro Duque en la pantalla




jueves, 5 de noviembre de 2015

En cines ¡Que viva la música!

por Carlos Campos

"Aprende a sabotear los cines" fue una de las frases del testamento implícito que Andrés Caicedo escribió al final de ¡Que viva la música! y que el director caleño, Carlos Moreno, siguió con mayor fidelidad para hacer su propia desadaptación de esta novela en la gran pantalla.

Fotografía de elpais.com
(Des)adaptar una novela a la que muchos, -no todos- consideran una obra maestra, que por supuesto tiene sus méritos en la historia de la literatura colombiana, no ha de ser una tarea fácil para ningún director. Desde el más experimentado; el que despierta mayor fervor entre espectadores, conocedores o desprevenidos, o el más osado de los desconocidos, tendrá en sus manos una labor que suele confundir a las mayorías: a veces se espera que una película que se basa en un libro sea un retrato vivo que permita redescubrir lo que el texto ya mostró. Ninguna gracia tendría considerar  así una adaptación. 

Por el contrario, atreverse a contar de nuevo y bajo otras formas un relato ya conocido, que ha despertado tanta devoción entre sus seguidores, es quizá una mejor forma de hacerle un homenaje a la obra literaria que se adapta, o como en el caso del director Carlos Moreno, una obra que se desadapta. ¡Que viva la música!, la película, se desadapta de principio a fin, y su autor, quien desde 1974 ya no está con nosotros, sería el testigo omnipresente de este sabotaje en lenguaje audiovisual; que ni su propia genialidad -la que conservaría en la época en que escribía sus obras-, le permitiría suponer en qué tipo de película se intentaría mostrar lo que fue su novela.

El director Carlos Moreno (fotografía de elpais.com)
Carlos Moreno y Dínamo Producciones dan una vez más una muestra de gran cine; independientemente de lo que se piense sobre la forma como se transformó la inspiración que brindó la novela. Luego de asumir con responsabilidad el fervor que despertaron entre la gente, desde que se dio a conocer la noticia de que ¡Que viva la música! se llevaría al cine, tuvieron que afrontar en medio de ansias; esperas y críticas prematuras (que no se entienda inmaduras) que el público pudiera contemplar en las salas un nuevo "paso" en el camino que en algún momento inició "el grupo de Cali" y que hoy un grupo de nacionales, bajo la dirección de otros caleños, acompañados por algunos extranjeros, consolidarían, sin pretender sobrevalorar con conceptos ni definiciones una forma artística para que prime sobre otra. 


Paulina Dávila, la protagonista
(imagen tomada de semana.com)
No todos pueden sentir lo mismo por una película, así como es imposible interpretar la realidad de una misma y única manera. Frente a la pantalla, el éxtasis se apodera minuto a minuto de quienes somos testigos durante 100 minutos de la vigencia de la rebeldía. De ese sentir de que la calle ha de ser nuestro cómplice, nuestro exilio y nuestra cárcel; algo para aprender a confiar en uno mismo y al mismo tiempo para aprender a huir: sensación lograda gracias al montaje de la película. Es un relato urbano amplificado por el sonido de la belleza; esa que no se complace con la mentira inmaculada de la pureza ni de la quietud. Es una apariencia formada en los ideales del que sabe que quiere vivir hasta la saciedad, y que cuando no son suficientes los sentidos para hacerlo, recurre a la música porque ese arte tiene el poder de armonizar todas las sensaciones en un mismo cuerpo. Ese cuerpo que la escucha y que la interpreta como instrumento precioso, no apto para los hastíos, que a pesar de saber que todos los gustos no caben en una sala de cine, su alma se satisface en el caos que le propicia entender que todos existen más allá de su propia mente; de sus propios conceptos y de las mentiras donde acostumbra encontrarse. Es una experiencia fílmica que en varios momentos toma las formas del videoclip; donde la música se apodera de las escenas y las enriquece como una parte indescifrable de su guion. Es mirar la ciudad de Cali con la sospecha de que es y será la de siempre y hasta mejor de lo que se cree mientras sigan existiendo espíritus inquietos, dispuestos a dejar atrás lo que el cansancio de la sobriedad intentaría hacerles creer. Seres dispuestos a experimentar: a jugar con la imagen; con el sonido; con la noche; con el humo; con las palabras y sobre todo con la idea de grandeza que tienen de sigo mismos y de los demás; con la que comulgan pero no pueden negociar.

Guillermito y Clarisol Lemos
Carlos Moreno junto a Dínamo Producciones, acompañados por el legendario Gullermo Lemos (uno que sí conoció y fue amigo de Andrés Caicedo) Eduardo "la rata" Carvajal, el foto fija de la película (otro del parche), David Guerrero (pupilo de Carlos Mayolo) y un reparto de actores con papeles protagónicos, cuyos nombres no alcanzaría a mencionar pero que también hicieron lo mejor que pudieron -como en una gran familia-, tomaron la mítica novela y con ella hicieron lo que mejor saben hacer: cine. ¡Qué viva la música! es de esas películas que cuando se  estrenan, uno quiere volverlas a ver, y por la que se confirma, sin necesidad de pretender verdades absolutas, que Caliwood es, además de lo que fue en los años 70, un legado que se mantiene en el presente con una lista de directores y productores vallecaucanos que ya han dado mucho de qué hablar y mucho para mirar desde, por lo menos, los últimos 10 años.

¡Que viva la música! mantiene las emociones desde el principio hasta el final: recurre a la acción, al romance y a la violencia en dosis similares, logrando construir una nostalgia viva que se inserta entre los ojos del espectador gracias a una gustosa fotografía y una propuesta de arte que integra ambientes y elementos de distintas épocas. Aciertos técnicos y narrativos que cualquiera puede experimentar, conozca o no la obra de Caicedo, y que todos, especialmente los vivos tienen el derecho de compartir; de comentar y si les apetece, de destruir, como lo hizo Carlos Moreno por medio de su talento: con una película no apta para cierto tipo de egos, ni para un artificio "caicediano" que algunos pretenden defender con poca genialidad y muchos reclamos...

Cineastas y artistas colombianos: dejen obra y mueran tranquilos

jueves, 8 de octubre de 2015

¡LA SARGENTO MATACHO SE ACERCA!

¡LA SARGENTO MATACHO SE ACERCA!

Por Carlos Alberto Campos

(imagen tomada de elheraldo.com)
La Sargento Matacho suena a leyenda. Es un vivo retrato del conflicto armado colombiano retomado desde sus orígenes, en el año de 1948; contado de una forma que no da lugar a evasivas ni a indiferencias y que reta a los espectadores a seguir su relato hasta el final. Es un desafío histórico que sorprende por su estilo y por su narrativa. Con un lenguaje audiovisual diseñado para asaltar y trasgredir las convenciones estéticas tradicionales del país, al tiempo que demuestra cómo se sembró la semilla de la violencia en los campos colombianos, y cómo los seres más naturales; las mujeres y los niños, han tenido que marchar bajo  la orden de hacerse vulnerables por decreto y política estatal.

Esta película se conquista a si misma y a los espectadores de manera contundente. Su guion se arma para mostrar en la pantalla, desde su lógica, la incoherencia de toda guerra cuando invita a algunos a defender su sangre a costa de verter la sangre de otros. Siendo este el mayor de los fracasos políticos que le ha sido legado a los pueblos y que la corrupción de su mismo sistema se encarga de legitimar (vea en la película como se inició la práctica de crear "falsos positivos" en Colombia). Este es uno de los temas que La Sargento Matacho trae a la luz del cine colombiano en una época como la actual, en la que es urgente identificar la lógica de la guerra y sus injustificadas causas como sus consecuencias.

Esta película es el resultado de una investigación de Pedro Claver Téllez, que se materializa en el guion final de Marco Antonio López Salamanca, William González y Matilde Rodríguez . Un dato curioso alrededor de La Sargento Matacho, fue que el equipo de producción se encontró, en un momento posterior al rodaje, con el escritor tolimense Alirio Vélez Machado  quien en 1962 escribió la novela La Sargento Matacho y que la dedicó " a todas las madres campesinas, enlutadas por el atropello de los mercenarios al servicio de los poderosos. También a aquellas mujeres que siguieron con los ojos cubiertos de lágrimas la dolorosa marcha de sus seres queridos hacia la negra zona de la muerte". Aunque la película no está basada en esta novela, hay que destacar que su autor fue victima de amenazas y persecuciones por haberse atrevido publicar esta obra.

Dirigida por el vallecaucano William González, egresado del programa de Comunicación Social de la Universidad del Valle, y producida por Alina Hleap de Enic producciones , esta película ha recibido hasta la fecha importantes galardones dentro y fuera del país. Entre ellos se encuentran el de mejor película del VIII Festival de Islantilla, en Huelva, España, así como el de mejor actriz, entregado a Fabiana Medina, quien le da vida a  la bandolera  Rosalba Velásquez (La Sargento Matacho). Adicional, ha recibido premios nacionales como el de Mejor Largometraje Nacional en el 1º Festival de Cine al Carrete- Tolima y otro reconocimiento por su producción en el Festival Internacional de Cine de Santander.


(fotografía tomada de elpais.com.co)


Con un reparto de primera conformado por , Damián Alcázar, Marlon Moreno, Juan Pablo Franco y Juan Pablo Barragán, entre otros, esta película despierta una sugestiva mezcla de sentimientos con acciones  como la venganza, la traición, el desarraigo, y muchas más que por desgracia abonaron los campos colombianos.



Antes de estrenarse  en las salas comerciales del país, muchos han tenido  la oportunidad de conocer esta película gracias a su participación en festivales. En el caso de Bucaramanga, el FICS 2015 contó con esta obra en su competencia oficial, donde fue presentada por su productora, la vallecaucana Alina Hleap Borrero. Ella compartió con los asistentes del festival algo de esa pasión que la motiva a hacer parte de la historia del cine colombiano, y la responsabilidad que se tiene al producir una película inspirada en hechos reales; que se convierte en una pieza clave para reflexionar alrededor de esa cultura de venganza y eliminación de los contrarios, que ideológicamente ha alimentado nuestro conflicto, agitando una bandera de cualquier color.


(Alina Hleap y William González. Fotografía de festivaldecinedecali.com)
Con una calidad comparable con la nobleza; esa que se encuentra en los actos donde se triunfa, no por conquistar a otros, sino por aprender a conquistarse a si mismo, La Sargento Matacho es una película de guerra que va más allá del combate gracias al discurso trascendental del séptimo arte. Aquí se utilizan infinidad de recursos para demostrar que la guerra se terminará cuando la sociedad pierda las esperanzas de desarrollarse y de realizarse por la imposición de la fuerza y de la opresión; una vez retome su camino para recuperar con dignidad, y no con sangre, lo que siempre le ha pertenecido: la vida y la libertad.

Como John Lennon nos lo dijo en 1969, hoy día más que nunca, es nuestro deber gritarlo a Colombia y al  mundo entero con amor: "ALL WE ARE SAYING IS GIVE A PEACE A CHANCE" "TODO LO QUE ESTAMOS DICIENDO ES DALE UNA OPORTUNIDAD A LA PAZ"

Asista al estreno de La Sargento Matacho, muy pronto en las salas de cine del país.

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