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sábado, 21 de mayo de 2022

VIOLENCIA PARA TODO PÚBLICO

 

Por: Carlos Alberto Campos


Uno podría suponer que la violencia, o que -la “maldad” que la engendra-, se resume en una simple oposición: “los malos contra los buenos”. En efecto, este es uno de nuestros tempranos razonamientos, cuando en los primeros años de vida la infinidad de situaciones que componen el mundo se reducen a las primeras afirmaciones y negaciones verbales que recibimos por parte de quienes imponen su educación sobre nosotros. Sin embargo, al poco tiempo, somos testigos de cómo muchas de estas afirmaciones y negaciones son contrarias a lo que hacen quienes las profesan; es decir, el mundo se encarga de mostrarnos, rápidamente, su margen de error y de paso nos brinda las primeras lecciones para aprender a mentir. Y es que exploramos (¡e interiorizamos!) cualquier tipo de contradicción como forma de adaptación a la sociedad, hasta que estamos en edad de demostrar cómo ejerceremos `inteligentemente´ la contradicción en nuestras relaciones con las personas, con las cosas y, en general, con las situaciones que nos rodean. Esta variación, aunque sea mediada por el lenguaje, corresponde a la inconsistencia e incoherencia entre el decir y el hacer, propia del ser humano. 

 La violencia, sin embargo, -similar al lenguaje- también se transforma. Y aunque el lenguaje evoluciona, y junto a él evoluciona la mentalidad de quienes lo practican, esta no posibilita ninguna forma de progreso en el ser humano; ni como especie, ni como sociedad. La violencia, por su parte, se disfraza, se camufla, se disimula; se viste de ideales y hasta pretende justificarse, para seguir con sus planes de imponer a la fuerza voluntades ajenas. Esta práctica, que puede incubarse desde la simple emisión de una palabra o llevarse a su máxima expresión en la supresión de la vida, o de cualquier otro derecho, se ha instaurado en el alma como parte de la existencia; como forma de vida, como forma de empresa, y, en cuestionable legitimidad, como forma de defensa. Se trata del fenómeno que configuró y marcó tantos momentos históricos del siglo XX, y buena parte de lo que va del siglo XXI; arraigándose y normalizándose, incluso en la percepción que tenemos los colombianos sobre los riesgos que implican vivir en nuestro país.

 Esta desgracia social -que se ha intentado explorar hasta la saciedad en diversos espacios, llevando a muchos al hastío y a no querer saber nada más sobre el asunto-, también ha motivado a algunos creativos a abrirle caminos al tema, por ejemplo, desde el séptimo arte, para que poco a poco más personas lleguen a su urgente comprensión. No obstante, muchas de estas obras rebotan y se disipan en una sociedad donde (in)convenientemente el arte sigue siendo materia de privilegiados; una sociedad que desconoce sus posibilidades de surgimiento y de autosuperación, frente a esta vergonzosa imposición. Por eso, aunque muchos títulos del cine colombiano desarrollan sus historias a partir de este contexto, es importante resaltar la mirada tan especial que el cineasta Jorge Forero le dio a este fenómeno en su ópera prima del año 2015, titulada, precisamente, Violencia


Se trata de un largometraje de ficción cuya proeza  consiste en no pretender hablarnos de causas ni de consecuencias, ni en desenmascarar ni retratar a víctimas y victimarios, sino que hace un enorme paréntesis en medio de un tema que a estas alturas está tan institucionalizado y despersonalizado (especialmente entre quienes no hemos sido víctimas directas del conflicto armado colombiano y la guerra sólo la conocimos por medio de la televisión), internándose en el sentir de quienes han tenido que soportar este flagelo. Se trata de una serie de contrastes, a través de tres relatos distintos; con diferente tratamiento audiovisual, que lo único que tienen en común es que han sido históricamente posibles en el país de “los buenos contra los malos”, y que se ha fundamentado en sus desacertadas políticas de Estado. Basta con entregarse a los 118 minutos que dura la película, para transitar de la indiferencia o de la repelencia de ver estas realidades proyectadas en la pantalla, a llegar a sentir lo insignificante y dolorosa que se torna la vida cuando la integridad personal no es más que una mercancía que será disputada por personas uniformadas y con fusiles entre sus manos.

La primera de estas historias nos permite regresar a lo primitivo y al mismo tiempo a lo más ajeno a nuestra identidad individual: estar separado de todo lo que nos formó y nos dio la noción de la realidad, para ahora hacer parte de la selva. No como un animal que disfruta de su hábitat, sino como un animal encadenado, que sólo experimenta la libertad cada vez que se sumerge en un arroyo, donde toma su baño. Allí, además de limpiar su cuerpo, el carácter instintivo desarrollado desde su terrible condición, invita al cautivo a escapar por unos instantes a una eternidad pasajera que es capaz de fabricar cada vez que se hunde en el agua, convirtiéndose en una particular forma de consuelo. Algo tan surreal, que por instantes parece decir que lo que intenta el personaje es devolverse a habitar el vientre materno, como una forma soñada de escapar de todo lo que fue su vida hasta ese momento. 

La segunda historia destaca lo valiosa que se vuelve una persona cuando ni estudia ni trabaja, y, aparentemente, no tiene nada que ofrecer para competir y salir adelante ante la sociedad. Esto lo hace el personaje ideal para convertirse, de la noche a la mañana, en un ‘combatiente’, transgresor de la ley; dado de baja de manera legítima por quienes estaban allí para defender la soberanía nacional, pero que  ahora, en medio de perversos cálculos matemáticos, convierten sus balas en cuerpos abatidos, que en teoría significarán la victoria para la institución a la que pertenecen.

La última historia nos muestra el lado humano de otra organización criminal, donde la rudeza y la exigencia con sus integrantes hace parte de la preparación que deben tener y de lo que deben aprender para ser esos "salvadores" que juran encarnar, facultados para tomar el control de aquello que el Estado no pudo controlar. Seres que aman, obedecen, comparten el comedor y se divierten, y cuyo valor reside en matar y sólo matar, de la manera más atroz posible, como elemento distintivo que los llena de virtud.

Violencia es una coproducción colombo-mejicana que se estrenó en 2015 en la sección Forum del Festival de Cine de Berlín. También fue ganadora a Mejor Película en el Festival de Cine de Huelva, en la sección Rábida. Escrita y dirigida por el bogotano, Jorge Forero, quien también ha participado como productor en destacadas películas colombianas como Los hongos (2014), La tierra y la sombra (2015), y Siete cabezas (2017). Sin duda, Violencia es un largometraje que rompe el convencionalismo narrativo del esquema moral tradicional, perpetuado en este tipo de películas, y ubica intencionalmente al espectador en una posición determinante, donde es inevitable reconocerse como un miembro activo de esta guerra; sin permitirle evadirse del tema, ni definirse tranquilamente dentro del bando de “los buenos” o de “los malos”.

Jorge Forero, director y guionista
Jorge Forero, Director y guionista 





domingo, 13 de marzo de 2016

LA SEMILLA DEL SILENCIO NO GERMINA EN EL CINE



Por Carlos Alberto Campos 

(tomado de empeliculados.co)
Por momentos nuestra percepción se siente engañada al suponer que no entramos al cine a ver una película, sino que una vez más escucharemos el  interminable relato de crímenes que nos han contado los noticieros nacionales desde el día que nacimos. En instantes, el aparente hastío que provocaría volver a hablar de violencia se aliviana al ver y escuchar frente a la gran pantalla una película de considerable calidad técnica, narrativa y sobre todo actoral. Intimidados con una imagen que nos sitúa frente a quienes vulneran la libertad y el derecho a la vida -a la misma distancia de quienes la defienden-, nos terminamos de despojar de  lo que creemos conocer, bajo el asalto de una banda sonora que desde el comienzo de la película nos invita a ser sorprendidos. Es imposible sacar conclusiones prematuras: aunque sepamos de qué se trata todo desde el comienzo; cuando entendimos que la película se mueve en torno a un asesinato, aún nos falta descubrir cómo es que la misma bala alcanzará para llegarle a muchas personas más.




Julieth Restrepo -Lina
(tomado de vanguardia.com)

La semilla del silencio es una película que integra a la perfección el talento de su reparto con la caracterización de los problemas sociales y de orden público que allí se exponen. No solo estamos hablando de "falsos positivos" y de la suerte que pueden correr quienes denuncian estos homicidios, sino también de los casos de protección a las Instituciones y a sus representantes, pasando por alto sus delitos, con un "talento" capaz de volver victimas a los victimarios. Por un lado, vemos el fatal destino de la mujer en el caso de la fiscal María del Rosario Durán (Angie Cepeda), y en el de Lina, la prostituta (Julieth Restrepo): ser utilizadas y desechadas por un mundo que sólo se hace valer con rudeza. Nos encontramos también con el dilema del héroe y el antihéroe en las actuaciones de Andrés Parra y Julián Román: dos hombres entrenados por la misma ley que promueve el derecho a matar para preservar o defender; por la que cada uno transita dando sus pasos en caminos verdaderamente opuestos. Este circulo social que devasta todas las sociedades se complementa con el indigno papel de la justicia y de las autoridades competentes, interpretadas por los actores Jairo Camargo, Christian Tappan y Felipe Botero.

Felipe Cano - director
 (tomado de confidencialcolombia.com)
Tal entramado de conspiraciones hacen parte del primer largometraje de Felipe Cano, luego de exitosas incursiones en la televisión colombiana como director de las series Lady, la vendedora de rosas y El laberinto de Alicia, además de participar en distintos roles de otras producciones. Su guion, escrito por Camilo De la cruz, ganó estímulo del Fondo para el Desarrollo Cinematográfico, logrando buena parte de la financiación, además de tener reconocimientos y ganar respaldo en Cannes, La Habana  y Róterdam
Con una inversión de mil setesientos millones de pesos y un equipo de trabajo de 100 personas, bajo la producción de Chapinero Films, está película le apuesta a interpretar y sugerir cómo se mantiene vigente una guerra desde las oscuras decisiones que se toman en los altos estamentos del poder y cómo parece no existir forma de detenerla antes de ganarse una sentencia de muerte.

Hay que descubrir por qué se asesina, por qué se silencia y por qué al no poder contarle a los demás lo que se sabe, se fundamenta un crimen mayor. Es necesario abrir más las ventanas para que entren las películas que se realizan con la intención de invitar a los colombianos a no evadirse de una realidad que sucede a pocos kilómetros de las salas de cine. No importa el hastío que el tema de la violencia parece ejercer, en especial en quienes no hemos sido victimas de forma directa.

Está película de ritmo particular, avanza y retrocede en el tiempo para mostrarnos de manera progresiva el sistema bélico; político; oficial y judicial de ganarse la vida a costa de la vida de los demás. La semilla del silencio se siembra con balas; balas para eliminar las palabras; balas que se desdibujan con  historias como esta, que saben tocar conciencias con el cine nacional.

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