viernes, 25 de marzo de 2016

EL SOBORNO DEL CIELO, UNA COMEDIA BASTANTE SERIA



por Carlos Alberto Campos




Cuando se comercia con la fe, como lo hacen muchas religiones, el soborno se vuelve una forma de transacción casi necesaria. Una particular vía  de acceso para  sacrificar en el individuo la dignidad que sustenta su propia felicidad a cambio de la dignidad colectiva; del engrandecimiento del nombre de su raza, y del reconocimiento y la aceptación de sus actos, no solo en la vía pública sino en la interplanetaria (...en el cielo). La religión: obra del hombre que intenta asaltar y politizar la divinidad; que en busca de lo espiritual, lo transcendental y lo desconocido no logra despegar su mirada de aquello del mundo que tanto pretende evitar, es asaltada y puesta al descubierto una vez más frente a la pantalla, en medio de la sala oscura, esta vez con EL SOBORNO DEL CIELO, la más reciente película del veterano director de cine colombiano Lisandro Duque Naranjo.

Se trata del reciente largometraje escrito y dirigido por el cineasta vallecaucano, quien a la fecha de su lanzamiento (2016) cuenta con 73 años de edad y un recorrido por el cine y la televisión nacional con más de una veintena de productos en los que ha participado como guionista, director y montajista, así como asistente y productor asociado, destacando en su filmografía las películas Visa USA (1986), Milagro en Roma (1987), Los niños invisibles (2001) y Los actores del conflicto (2008). EL SOBORNO DEL CIELO es otra de sus producciones exitosas que enriquece la lista de historias muy propias de nuestro país, y que no abandonan la tendencia a conservar esa  auténtica narrativa tan utilizada en momentos anteriores del cine colombiano;  antes de que críticos y cinéfilos comieran el fruto del bien y del mal de la imagen, y vieran  como un pecado del cine nacional, introducir en las películas algunos elementos muy propios de la televisión (no se tiene la fecha exacta de cuando sucedió esto; ¡yo me lavo las manos!)

En EL SOBORNO DEL CIELO veremos reflejados, en medio de súplicas y oraciones, premios y castigos, a tantos personajes que vienen a este mundo y sobre todo a este país a aprender a convivir en una competencia de reglas duras; cargas ideológicas pesadas de llevar, e imposiciones culturales que para algunas personas, como los artistas, terminan convirtiéndose en eso que los impulsa a buscar su propia liberación, no sin antes aprender a conocerse a sí mismos...

Durante noventa minutos, una parte determinante de la idiosincrasia colombiana se reúne en un pueblo del Tolima en la década del 60 para debatir, en medio de altanería y de obediencia, cómo se usurpa lo divino para volverlo terrenal y de paso se aprovecha para violar los derechos civiles que tiene cualquier persona. Encontramos en un joven escritor declarado ateo y su amigo oportunista;  en una hermosa estilista viuda; en un tendero y su familia, la forma de soportar el soborno del cielo de un sacerdote que se niega a impartir los sacramentos hasta que no se cumplan sus exigencias (hay que ver la película para conocerlas). Escuchamos en la voz de  personajes tan distintos entre sí, los motivos por los que visitan la Iglesia y lo que termina representando la religión en sus vidas; todo frente a un sacerdote, quien luego de imponerse a los feligreses los espera  en una iglesia de puertas abiertas pero de sillas vacías. 

Encontramos en una sociedad que no se rebela de forma colectiva, sino a partir de la iniciativa individual, otra manera de sobornar, esta vez, por el contrario, devolviendole el soborno a la iglesia -con tanto éxito por haber sido aprendido de ella misma-, donde al final, por gracia más humana que divina triunfa la tolerancia y la sensatez 


Confieso con el alma que EL SOBORNO DEL CIELO es una comedia muy seria, y si usted aún no la ha visto, arrepiéntase: véala en cines y no cargue con la culpa de perdérsela. No sabemos cuantos años pasarán para ver nuevamente al gran Lisandro Duque en la pantalla




domingo, 13 de marzo de 2016

LA SEMILLA DEL SILENCIO NO GERMINA EN EL CINE



Por Carlos Alberto Campos 

(tomado de empeliculados.co)
Por momentos nuestra percepción se siente engañada al suponer que no entramos al cine a ver una película, sino que una vez más escucharemos el  interminable relato de crímenes que nos han contado los noticieros nacionales desde el día que nacimos. En instantes, el aparente hastío que provocaría volver a hablar de violencia se aliviana al ver y escuchar frente a la gran pantalla una película de considerable calidad técnica, narrativa y sobre todo actoral. Intimidados con una imagen que nos sitúa frente a quienes vulneran la libertad y el derecho a la vida -a la misma distancia de quienes la defienden-, nos terminamos de despojar de  lo que creemos conocer, bajo el asalto de una banda sonora que desde el comienzo de la película nos invita a ser sorprendidos. Es imposible sacar conclusiones prematuras: aunque sepamos de qué se trata todo desde el comienzo; cuando entendimos que la película se mueve en torno a un asesinato, aún nos falta descubrir cómo es que la misma bala alcanzará para llegarle a muchas personas más.




Julieth Restrepo -Lina
(tomado de vanguardia.com)

La semilla del silencio es una película que integra a la perfección el talento de su reparto con la caracterización de los problemas sociales y de orden público que allí se exponen. No solo estamos hablando de "falsos positivos" y de la suerte que pueden correr quienes denuncian estos homicidios, sino también de los casos de protección a las Instituciones y a sus representantes, pasando por alto sus delitos, con un "talento" capaz de volver victimas a los victimarios. Por un lado, vemos el fatal destino de la mujer en el caso de la fiscal María del Rosario Durán (Angie Cepeda), y en el de Lina, la prostituta (Julieth Restrepo): ser utilizadas y desechadas por un mundo que sólo se hace valer con rudeza. Nos encontramos también con el dilema del héroe y el antihéroe en las actuaciones de Andrés Parra y Julián Román: dos hombres entrenados por la misma ley que promueve el derecho a matar para preservar o defender; por la que cada uno transita dando sus pasos en caminos verdaderamente opuestos. Este circulo social que devasta todas las sociedades se complementa con el indigno papel de la justicia y de las autoridades competentes, interpretadas por los actores Jairo Camargo, Christian Tappan y Felipe Botero.

Felipe Cano - director
 (tomado de confidencialcolombia.com)
Tal entramado de conspiraciones hacen parte del primer largometraje de Felipe Cano, luego de exitosas incursiones en la televisión colombiana como director de las series Lady, la vendedora de rosas y El laberinto de Alicia, además de participar en distintos roles de otras producciones. Su guion, escrito por Camilo De la cruz, ganó estímulo del Fondo para el Desarrollo Cinematográfico, logrando buena parte de la financiación, además de tener reconocimientos y ganar respaldo en Cannes, La Habana  y Róterdam
Con una inversión de mil setesientos millones de pesos y un equipo de trabajo de 100 personas, bajo la producción de Chapinero Films, está película le apuesta a interpretar y sugerir cómo se mantiene vigente una guerra desde las oscuras decisiones que se toman en los altos estamentos del poder y cómo parece no existir forma de detenerla antes de ganarse una sentencia de muerte.

Hay que descubrir por qué se asesina, por qué se silencia y por qué al no poder contarle a los demás lo que se sabe, se fundamenta un crimen mayor. Es necesario abrir más las ventanas para que entren las películas que se realizan con la intención de invitar a los colombianos a no evadirse de una realidad que sucede a pocos kilómetros de las salas de cine. No importa el hastío que el tema de la violencia parece ejercer, en especial en quienes no hemos sido victimas de forma directa.

Está película de ritmo particular, avanza y retrocede en el tiempo para mostrarnos de manera progresiva el sistema bélico; político; oficial y judicial de ganarse la vida a costa de la vida de los demás. La semilla del silencio se siembra con balas; balas para eliminar las palabras; balas que se desdibujan con  historias como esta, que saben tocar conciencias con el cine nacional.

jueves, 5 de noviembre de 2015

En cines ¡Que viva la música!

por Carlos Campos

"Aprende a sabotear los cines" fue una de las frases del testamento implícito que Andrés Caicedo escribió al final de ¡Que viva la música! y que el director caleño, Carlos Moreno, siguió con mayor fidelidad para hacer su propia desadaptación de esta novela en la gran pantalla.

Fotografía de elpais.com
(Des)adaptar una novela a la que muchos, -no todos- consideran una obra maestra, que por supuesto tiene sus méritos en la historia de la literatura colombiana, no ha de ser una tarea fácil para ningún director. Desde el más experimentado; el que despierta mayor fervor entre espectadores, conocedores o desprevenidos, o el más osado de los desconocidos, tendrá en sus manos una labor que suele confundir a las mayorías: a veces se espera que una película que se basa en un libro sea un retrato vivo que permita redescubrir lo que el texto ya mostró. Ninguna gracia tendría considerar  así una adaptación. 

Por el contrario, atreverse a contar de nuevo y bajo otras formas un relato ya conocido, que ha despertado tanta devoción entre sus seguidores, es quizá una mejor forma de hacerle un homenaje a la obra literaria que se adapta, o como en el caso del director Carlos Moreno, una obra que se desadapta. ¡Que viva la música!, la película, se desadapta de principio a fin, y su autor, quien desde 1974 ya no está con nosotros, sería el testigo omnipresente de este sabotaje en lenguaje audiovisual; que ni su propia genialidad -la que conservaría en la época en que escribía sus obras-, le permitiría suponer en qué tipo de película se intentaría mostrar lo que fue su novela.

El director Carlos Moreno (fotografía de elpais.com)
Carlos Moreno y Dínamo Producciones dan una vez más una muestra de gran cine; independientemente de lo que se piense sobre la forma como se transformó la inspiración que brindó la novela. Luego de asumir con responsabilidad el fervor que despertaron entre la gente, desde que se dio a conocer la noticia de que ¡Que viva la música! se llevaría al cine, tuvieron que afrontar en medio de ansias; esperas y críticas prematuras (que no se entienda inmaduras) que el público pudiera contemplar en las salas un nuevo "paso" en el camino que en algún momento inició "el grupo de Cali" y que hoy un grupo de nacionales, bajo la dirección de otros caleños, acompañados por algunos extranjeros, consolidarían, sin pretender sobrevalorar con conceptos ni definiciones una forma artística para que prime sobre otra. 


Paulina Dávila, la protagonista
(imagen tomada de semana.com)
No todos pueden sentir lo mismo por una película, así como es imposible interpretar la realidad de una misma y única manera. Frente a la pantalla, el éxtasis se apodera minuto a minuto de quienes somos testigos durante 100 minutos de la vigencia de la rebeldía. De ese sentir de que la calle ha de ser nuestro cómplice, nuestro exilio y nuestra cárcel; algo para aprender a confiar en uno mismo y al mismo tiempo para aprender a huir: sensación lograda gracias al montaje de la película. Es un relato urbano amplificado por el sonido de la belleza; esa que no se complace con la mentira inmaculada de la pureza ni de la quietud. Es una apariencia formada en los ideales del que sabe que quiere vivir hasta la saciedad, y que cuando no son suficientes los sentidos para hacerlo, recurre a la música porque ese arte tiene el poder de armonizar todas las sensaciones en un mismo cuerpo. Ese cuerpo que la escucha y que la interpreta como instrumento precioso, no apto para los hastíos, que a pesar de saber que todos los gustos no caben en una sala de cine, su alma se satisface en el caos que le propicia entender que todos existen más allá de su propia mente; de sus propios conceptos y de las mentiras donde acostumbra encontrarse. Es una experiencia fílmica que en varios momentos toma las formas del videoclip; donde la música se apodera de las escenas y las enriquece como una parte indescifrable de su guion. Es mirar la ciudad de Cali con la sospecha de que es y será la de siempre y hasta mejor de lo que se cree mientras sigan existiendo espíritus inquietos, dispuestos a dejar atrás lo que el cansancio de la sobriedad intentaría hacerles creer. Seres dispuestos a experimentar: a jugar con la imagen; con el sonido; con la noche; con el humo; con las palabras y sobre todo con la idea de grandeza que tienen de sigo mismos y de los demás; con la que comulgan pero no pueden negociar.

Guillermito y Clarisol Lemos
Carlos Moreno junto a Dínamo Producciones, acompañados por el legendario Gullermo Lemos (uno que sí conoció y fue amigo de Andrés Caicedo) Eduardo "la rata" Carvajal, el foto fija de la película (otro del parche), David Guerrero (pupilo de Carlos Mayolo) y un reparto de actores con papeles protagónicos, cuyos nombres no alcanzaría a mencionar pero que también hicieron lo mejor que pudieron -como en una gran familia-, tomaron la mítica novela y con ella hicieron lo que mejor saben hacer: cine. ¡Qué viva la música! es de esas películas que cuando se  estrenan, uno quiere volverlas a ver, y por la que se confirma, sin necesidad de pretender verdades absolutas, que Caliwood es, además de lo que fue en los años 70, un legado que se mantiene en el presente con una lista de directores y productores vallecaucanos que ya han dado mucho de qué hablar y mucho para mirar desde, por lo menos, los últimos 10 años.

¡Que viva la música! mantiene las emociones desde el principio hasta el final: recurre a la acción, al romance y a la violencia en dosis similares, logrando construir una nostalgia viva que se inserta entre los ojos del espectador gracias a una gustosa fotografía y una propuesta de arte que integra ambientes y elementos de distintas épocas. Aciertos técnicos y narrativos que cualquiera puede experimentar, conozca o no la obra de Caicedo, y que todos, especialmente los vivos tienen el derecho de compartir; de comentar y si les apetece, de destruir, como lo hizo Carlos Moreno por medio de su talento: con una película no apta para cierto tipo de egos, ni para un artificio "caicediano" que algunos pretenden defender con poca genialidad y muchos reclamos...

Cineastas y artistas colombianos: dejen obra y mueran tranquilos

jueves, 8 de octubre de 2015

¡LA SARGENTO MATACHO SE ACERCA!

¡LA SARGENTO MATACHO SE ACERCA!

Por Carlos Alberto Campos

(imagen tomada de elheraldo.com)
La Sargento Matacho suena a leyenda. Es un vivo retrato del conflicto armado colombiano retomado desde sus orígenes, en el año de 1948; contado de una forma que no da lugar a evasivas ni a indiferencias y que reta a los espectadores a seguir su relato hasta el final. Es un desafío histórico que sorprende por su estilo y por su narrativa. Con un lenguaje audiovisual diseñado para asaltar y trasgredir las convenciones estéticas tradicionales del país, al tiempo que demuestra cómo se sembró la semilla de la violencia en los campos colombianos, y cómo los seres más naturales; las mujeres y los niños, han tenido que marchar bajo  la orden de hacerse vulnerables por decreto y política estatal.

Esta película se conquista a si misma y a los espectadores de manera contundente. Su guion se arma para mostrar en la pantalla, desde su lógica, la incoherencia de toda guerra cuando invita a algunos a defender su sangre a costa de verter la sangre de otros. Siendo este el mayor de los fracasos políticos que le ha sido legado a los pueblos y que la corrupción de su mismo sistema se encarga de legitimar (vea en la película como se inició la práctica de crear "falsos positivos" en Colombia). Este es uno de los temas que La Sargento Matacho trae a la luz del cine colombiano en una época como la actual, en la que es urgente identificar la lógica de la guerra y sus injustificadas causas como sus consecuencias.

Esta película es el resultado de una investigación de Pedro Claver Téllez, que se materializa en el guion final de Marco Antonio López Salamanca, William González y Matilde Rodríguez . Un dato curioso alrededor de La Sargento Matacho, fue que el equipo de producción se encontró, en un momento posterior al rodaje, con el escritor tolimense Alirio Vélez Machado  quien en 1962 escribió la novela La Sargento Matacho y que la dedicó " a todas las madres campesinas, enlutadas por el atropello de los mercenarios al servicio de los poderosos. También a aquellas mujeres que siguieron con los ojos cubiertos de lágrimas la dolorosa marcha de sus seres queridos hacia la negra zona de la muerte". Aunque la película no está basada en esta novela, hay que destacar que su autor fue victima de amenazas y persecuciones por haberse atrevido publicar esta obra.

Dirigida por el vallecaucano William González, egresado del programa de Comunicación Social de la Universidad del Valle, y producida por Alina Hleap de Enic producciones , esta película ha recibido hasta la fecha importantes galardones dentro y fuera del país. Entre ellos se encuentran el de mejor película del VIII Festival de Islantilla, en Huelva, España, así como el de mejor actriz, entregado a Fabiana Medina, quien le da vida a  la bandolera  Rosalba Velásquez (La Sargento Matacho). Adicional, ha recibido premios nacionales como el de Mejor Largometraje Nacional en el 1º Festival de Cine al Carrete- Tolima y otro reconocimiento por su producción en el Festival Internacional de Cine de Santander.


(fotografía tomada de elpais.com.co)


Con un reparto de primera conformado por , Damián Alcázar, Marlon Moreno, Juan Pablo Franco y Juan Pablo Barragán, entre otros, esta película despierta una sugestiva mezcla de sentimientos con acciones  como la venganza, la traición, el desarraigo, y muchas más que por desgracia abonaron los campos colombianos.



Antes de estrenarse  en las salas comerciales del país, muchos han tenido  la oportunidad de conocer esta película gracias a su participación en festivales. En el caso de Bucaramanga, el FICS 2015 contó con esta obra en su competencia oficial, donde fue presentada por su productora, la vallecaucana Alina Hleap Borrero. Ella compartió con los asistentes del festival algo de esa pasión que la motiva a hacer parte de la historia del cine colombiano, y la responsabilidad que se tiene al producir una película inspirada en hechos reales; que se convierte en una pieza clave para reflexionar alrededor de esa cultura de venganza y eliminación de los contrarios, que ideológicamente ha alimentado nuestro conflicto, agitando una bandera de cualquier color.


(Alina Hleap y William González. Fotografía de festivaldecinedecali.com)
Con una calidad comparable con la nobleza; esa que se encuentra en los actos donde se triunfa, no por conquistar a otros, sino por aprender a conquistarse a si mismo, La Sargento Matacho es una película de guerra que va más allá del combate gracias al discurso trascendental del séptimo arte. Aquí se utilizan infinidad de recursos para demostrar que la guerra se terminará cuando la sociedad pierda las esperanzas de desarrollarse y de realizarse por la imposición de la fuerza y de la opresión; una vez retome su camino para recuperar con dignidad, y no con sangre, lo que siempre le ha pertenecido: la vida y la libertad.

Como John Lennon nos lo dijo en 1969, hoy día más que nunca, es nuestro deber gritarlo a Colombia y al  mundo entero con amor: "ALL WE ARE SAYING IS GIVE A PEACE A CHANCE" "TODO LO QUE ESTAMOS DICIENDO ES DALE UNA OPORTUNIDAD A LA PAZ"

Asista al estreno de La Sargento Matacho, muy pronto en las salas de cine del país.

domingo, 9 de agosto de 2015

ANTES DEL FUEGO...CINE COLOMBIANO



ANTES DEL FUEGO...CINE COLOMBIANO

Por: Carlos Alberto Campos



Laura Mora
(imagen de ficcifestival.com)
Antes del fuego es una película colombiana  y al mismo tiempo es una invitación a tratar de entender, en medio de diferentes y confusas versiones, la realidad que hizo posible el crimen que sacudió al país hace ya casi 30 años: la toma y la retoma del palacio de justicia. Conocer e interpretar por qué la desinformación a veces fundamenta la versión oficial de lo que pasa en Colombia, es una de las tareas de este relato audiovisual de la joven directora Laura Mora y de la productora Laberinto.

(imagen de gustavoforeroquintero.com) 
Los hechos del Palacio de Justicia, sucedidos el 6 de noviembre de 1985 y atribuidos a un comando armado del movimiento insurgente M-19, han despertado durante años todo tipo de reacciones y señalamientos. Algunas personas cuestionan el accionar de la fuerza pública para frenar el asalto y tomar el control del lugar, y otros, naturalmente, condenan el acto terrorista del grupo revolucionario al tomar como rehenes no solo a los miembros de la Corte Suprema de Justicia y a personajes del acontecer político de entonces, sino también a las llamadas “personas del común”  -esas que por cosas del destino trabajaban o se encontraban en el lugar, ignorando que serían protagonistas de la lamentable forma de proceder de algunos colombianos- en este caso de quienes ese día portaban las armas; daban las órdenes y las ejecutaban, ya fuera desde la Ley o en contra de ella.

La convulsión política que desde entonces como ahora, se vive en el país, se percibe en
Luis Fernando Hoyos
(imagen tomada de: m.pulzo.com)
una 
atmósfera bien lograda gracias a los componentes técnicos y narrativos que le dan vida a esta obra. La iluminación y el tratamiento del color crean un contraste tensionante entre ambientes cálidos y de relativa confianza que luego se cambian por la intriga que despiertan las imágenes de aspecto gris y frío. Algunos registros  dan la impresión de estar viendo la televisión de la década de los ochenta. Desde el principio somos asaltados por la intriga y poco a poco vamos descubriendo con desconfianza las actitudes opuestas que pueden tener dos integrantes de un mismo equipo. Nos encontramos con personajes que representan lo que se puede resumir de la siguiente manera: un periodista que encubre y un periodista que descubre e investiga; un militar guerrerista de oscuro proceder y un  militar patriota; un político oportunista e indiferente y un político ingenuo y al mismo tiempo víctima.

El montaje es otro factor fundamental en la emoción que genera esta historia. Desde el comienzo se adelanta lo que ya como testigos de nuestro país sabemos: la toma será un hecho. Sin embargo, la ágil secuencia narrativa con la que se avanza  hacia lo inevitable, pone al descubierto lo contradictorio; la paradoja que enfrenta la justicia cuando existe el negocio de la guerra, dejando de esta forma claro que la toma del Palacio fue algo anunciado.

Todo esto encarnado en las actuaciones de Luis Fernando Hoyos, Mónica Lopera, Jairo Camargo y Christian Tappan, entre otros, quienes de momento en momento nos sorprenden con diálogos excepcionales que dejan ver lo que subyace en nuestra realidad; haciendo una película con un trasfondo muy vigente en nuestra sociedad y urgente de atender por las actuales generaciones de colombianos.


(imagen de www.soopnest.com)
Antes del fuego hace en el cine uno de los más grandes homenajes a las víctimas de la toma del Palacio de Justicia. La película entrega valiosas pistas sobre el complot y sobre los distintos responsables quienes permitieron esa confrontación armada y su desastroso desenlace. También se convierte en una invitación a hacer uso libre de la desconfianza para analizar y reinterpretar una situación tan irracional como la que favoreció  que un grupo subversivo se tomara el Palacio de Justicia y que el Gobierno y el Ejército Nacional, en aras de tomar el control del lugar, no hicieran un alto al fuego para preservar la integridad de su propia gente, dando como resultado la muerte de más de setenta colombianos  y de otros más que desaparecieron sin dejar rastro.

jueves, 16 de julio de 2015

CARTA A UNA SOMBRA

(Análisis por Carlos Alberto Campos)


En Colombia existe cierta tradición que enseña a creer que las personas que asumen como propios los problemas sociales, que piensan y actúan motivadas por el bienestar colectivo, representan un inconveniente y hasta una amenaza hacia la amañada gestión que se establece como única y oficial cada vez que la bandera de cualquier color se ondea para llevar las riendas del Estado. Suelen suponer quienes piensan de esta manera, que estas personas no deberían compartir su mismo territorio, mucho menos cuando aquellos hacen públicos sus inconformismos, sus temores y sus dudas; eso es lo que algunos hacen creer desde el ejercicio del poder, valiéndose entre otras ayudas, de la voz de quienes ya convencieron de esta doctrina. Es la política mal entendida.

Esta  particular forma de difundir el conocimiento social se entrega y se recibe como herencia entre los pueblos que pretenden su desarrollo sin tener clara la utilidad del saber; entre quienes confunden el poder con la capacidad de destruir lo que no les ha de convenir; casi siempre dirigidos por seres que se preparan con precisión matemática para descontar del bien común el bien propio e individual, mientras se permiten reinar en una nación dividida por excelencia.

imagen de www.udea.edu.co/ 
La película documental recientemente estrenada en las salas de Cine Colombia, CARTA A UNA SOMBRA, permite compartir durante más de una hora las impresiones de una familia colombiana que en el pasado fue víctima de la intolerancia y de la maldad propiciada por este sistema de relaciones sociales: la familia de don Héctor Abad Gómez, su esposa, sus hijos y muchos a quienes en vida ayudó, que seguramente le estarán eternamente agradecidos. Esta familia, como tantas en el país, ha tenido que aprender a reconstruir su propia memoria con la intención de lograr un auténtico perdón. Algo que, aunque difícil, no ha de resultar imposible;  más aún cuando se trata de voltearle la cara a la violencia; una actitud necesaria para no ser nuevamente víctimas ni mucho menos victimarios; una forma de salir triunfantes de ese mundo absurdo al que de alguna forma se nos ha obligado a pertenecer a todos los colombianos.

Seguramente muchos saben quién era don Héctor Abad Gómez, otros lo conocieron desde la narrativa de su hijo Héctor Abad Faciolince en el libro El olvido que seremos, y otros lo pudimos encontrar al escuchar  su voz en este sentido homenaje que le hace el documental dirigido por su nieta, Daniela Abad y por Miguel Salazar.

Daniela Abad
imagen de www.jetset.com.co
Darse cuenta de que  un médico como don Héctor Abad Gómez, decidido  a utilizar el conocimiento con fines altruistas, empezó a trazar el camino que lo pondría frente a la mira de sus asesinos, por realizar acciones tan urgentes y heroicas  como informarle al Concejo Municipal que la leche que se le daba a los pobres en Antioquia se agrandaba con agua contaminada, es empezar a conocer al hombre de ciencia que vino a este mundo decidido a pensar y a actuar distinto.

A don Héctor Abad Gómez le advino  la tragicomedia del pensador: el que aprende a pensar, piensa distinto. Desde temprano decidió convertir la medicina en  algo  más que un prestigioso consultorio, un nombre o un estatus social. Por eso, convirtió su saber en  investigación para la sociedad y su ejercicio en activismo político. No se detuvo a hacerle la venia a ese  progreso, que desde entonces, como ahora, caminaba de la mano con la indiferencia hacia las cosas verdaderamente importantes, como preservar la vida y darle a todos los seres condiciones dignas para hacerlo.

banderaalreves
Imagen de yoamoacolombia.blogspot
Don Héctor Abad Gómez no dejó que el temor hacia los que predican el amor pero que administran la crueldad, lo detuvieran. Tuvo que enfrentar el facilismo de quienes propician que germine la ignorancia; cuyo discurso no va más allá de  alzar la voz para  señalar al que actúa diferente, y llevarse todos los aplausos. Ni siquiera fueron suficientes las ideologías que desde entonces se instauraron en el imaginario de los colombianos para poder entender a don Héctor Abad a quien desde las filas conservadoras lo veían como a un comunista, e irónicamente, desde las filas comunistas lo encontraban como un hombre bastante conservador. Y es que tal confusión solo es posible cuando estas dos ideologías tienen en común el bárbaro actuar que infligen cuando utilizan las vías de hecho. Es así como la izquierda y la derecha convergen en un mismo camino que se ha prolongado hasta llegar a nuestros días en los que, además, la política se hace no tanto con ideas, sino que se gestiona con mañas y negociadas estrategias en "fórmulas" de tarjetón.


Escribirle una carta a una sombra es un gesto fraternal que se traduce en la capacidad de aprender a entender y a vivir con lo insoportable; a habitar con  ello aunque se piense distinto y se actúe sin la intención de ser otro cómplice silencioso de los crímenes políticos que ejecuta la democracia falsamente vestida de seguridad. Se necesita  madurez para que la sabiduría encuentre lugar entre los hombres. Vivir y dejar vivir es aprender a aceptar que se puede estar tan equivocado como tener medianamente la razón y que ambas situaciones, por contrarias que parezcan, no deben llevar a nadie a buscar un ganador absoluto a punta de disparos, ni de calumnias, ni de propaganda oscura. 

lunes, 22 de junio de 2015

UN BAÚL CARGADO DE BUENAS INTENCIONES
(Carlos Alberto Campos)

La historia del baúl rosado, primer largometraje de la santandereana Libia Stella Gómez, protagonizado por Edgardo Román y Álvaro Rodríguez, es una película que logra mostrar, bajo la apariencia de una compleja historia policiaca, un universo de personajes comunes y muy característicos de diversos entornos sociales colombianos; esos entornos donde la gente se dedica a procurar, desde su cotidianidad, una oportunidad para demostrarse a sí mismos de lo que son capaces y hasta donde están dispuestos a llegar cuando descubren que no hay mayor misterio por resolver que revelar desde sí mismos aquello que le dará un nuevo sentido a su vida.

(tomado de programaibermedia.com)
Por eso, es inspirador encontrar un detective recto y dispuesto a ser intachable en su proceder, que quiere resolver un caso policial y que termina dándose cuenta de que lo que buscaba no era a un asesino sino un amor; un periodista  capaz de pasar por alto la ética de su profesión para ganar posición en un mundo que se informa con sus mentiras; un policía que se aprovecha de las circunstancias y del poder que le da la sociedad para impostar criminales a cualquier precio; y una mujer de finos modales, con muchas ganas de trabajar, que enfrenta un conflicto legal con los hijos de su difunto esposo quienes le reclaman un negocio que perteneció a su padre: un tradicional café donde, además, tiene que hacer frente a los  hombres que lo visitan; hombres que lideran un mundo en el que ella no encaja.

(tomado de programaibermedia.com)
Todos, transitando alrededor del misterio que guarda un baúl abandonado, impulsan  su deseo de conquistar el camino que cada uno ha elegido, y, como suele pasar en la cotidianidad, no importa qué tanto se pueda deformar la realidad para sentir estar cerca de esa conquista. Esta película logra mostrar, en un contraste de personajes con convicciones y actitudes contrarias, la inagotable lucha entre lo que se tiene y lo que se anhela.

Justo en esta situación se resalta el protagonismo de la mujer, representada por la actriz mejicana Dolores Heredia, en el papel de Martina, encarna la valentía y la decisión que  ha tenido que utilizar para sobrevivir y mantenerse de forma digna  en una sociedad enmarcada desde hace siglos en la ilusión de dominio y superioridad, falsamente ostentada por el hombre. Una situación tan vigente en  la actualidad como en los años cuarenta, tiempo en el que se ambienta La historia del baúl rosado.

Libia Stella Gómez
 ( tomada de http://www.dosdedosproducciones.com)
Gran película para el cine colombiano que pasará a la historia como un acto de valentía y decisión de otra gran directora como Libia Stella, quien armada  de   sensibilidad y acompañada de buen gusto, logra la complicada tarea de entregar una película de época a una sociedad como la nuestra, que necesita encontrarse a sí misma mientras se revisa en  novedosos relatos de cineastas que le apuestan a una experiencia fílmica de gran factura. Experiencia tan notable en esta película desde su casting, su propuesta narrativa, su musicalización y la  apuesta de su departamento de arte por ambientar la Bogotá de varias décadas atrás.

Gran parte de la mentalidad y la moralidad de la sociedad de entonces, supo guardarse en un baúl que a alguien se le ocurrió decir que era rosado y dejarlo abandonado en una estación de tren ante una multitud ansiosa por desnudar su contenido. Se dice que en el baúl venía el cadáver de una niña. En cierta ocasión, el detective Mariano Corzo (Edgardo Román) cree que va a encontrar al supuesto asesino de la niña y lo que encuentra es a un hombre que el único crimen que pudo haber cometido fue amar a una mujer menor que él; algo que aparentemente el detective Corzo jamás vivió con ninguna mujer, por lo que a esas alturas de su  vida, cuando el tiempo le demuestra su verdadero valor, no duda en subirse al tren donde se marcha Martina, la mujer que lo hizo sospechar sobre su capacidad de amar.

imagen de cinevistablog.com

Seguidores